Archive for 28 junio 2010

La alegría de Maximón

28/06/2010

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Chichicastenango, Guatemala, 28 de junio de 2010.

Hay un nombre en Guatemala que no deja indiferente a nadie, que solo con nombrarlo genera amores y odios, simpatías y fobias, respeto y condena. Se trata de Maximón, el personaje más popular del lago de Atitlán. Mitad padrino, mitad santo, es uno de los casos más extraños de veneración y fe en Centroamérica. El alcohol y los puros son sus ofrendas, y lo hacen vestir con sombreros y corbatas varias. Él da a cambio salud, prosperidad, amores, cualquier cosa que se le pida. Lo único que reclama es atención, y eso le sobra. Cada año vive en una casa diferente, de día en una sala habilitada para él, de noche en un dormitorio. Maximón nunca está solo.

Aunque su procedencia no está del todo clara, se cree que se remonta a la era precolombina. Así lo aseguran también en Santiago de Atitán, su lugar de origen. Lo que está claro es que su existencia se fusionó con la religión de los conquistadores y por eso, cada Martes Santo, Maximón es vestido con ropas especiales en la cofradía que lo custodia, y los miembros de la municipalidad y líderes comunitarios acuden a visitarlo. Ese día hay una celebración con música de marimba y alcohol. El miércoles, Maximón es llevado en procesión por las calles del pueblo.

Pero no hay que llevarse a engaño. Estos ritos de Semana Santa, aunque formalmente se encuadren en la tradición católica, están mezclados con la herencia maya, cobrando un significado propio que la Iglesia Católica se ha negado siempre a reconocer.

Fíjense bien y no pierdan detalle de la foto. Observen su rostro de madera tallado, curtido por los años. Su puro perfecto y respetable. Los dos sombreros negros sobre su cabeza. Las incontables telas y corbatas de colores que completan su figura. Presten atención  a los objetos de la sala, esa estancia oscura y silenciosa iluminada por las velas. Vean los botes de proteínas de gimnasio donde se encuentran las flores blancas. Los dos cofrades que le acompañan en sendas butacas acolchadas. El bote verde sobre la mesa para ahuyentar a los mosquitos. Las botellas de Coca-Cola para calmar la sed de Maximón. Las botellas de ron blanco bajo el mueble de la derecha. Y los billetes del pequeño altar de madera.

No hay datos sobre cuánto dinero puede llegar a generar Maximón, pero con toda seguridad es más de lo necesario para su mantenimiento. Su visita es el principal reclamo para los guías turísticos, y casi siempre es el servicio más solicitado. El guía cobra veinte quetzales por persona (dos euros), y la ofrenda mínima es de diez por cabeza. Cada fotografía cuesta diez quetzales más. Presenciar el ritual donde rezan, le encienden el puro y le dan de beber, se cobra a 200 quetzales.

Todos los que siguen el credo de Maximón hacen mucho hincapié en la fe. En la suya propia y en la del visitante. “A Maximón hay que ir con fe”, repiten. La fe es el sustento de cualquier veneración, pero los turistas no la tienen para este caso, y ellos lo saben. Pero forma parte de una representación muy bien articulada desde que el visitante se baja de la lancha hasta la despedida y cierre. Tampoco hay mucho más que hacer en Santiago de Atitlán, un pueblo que ni siquiera tiene el encanto y la vida noctura de San Pedro de la Laguna, el pueblo vecino. Como mucho, se podrá acudir a uno de los chamanes del lugar, como el de la imagen, que augurará un porvenir plagado de éxitos y bendecirá al visitante por el módico precio de 50 quetzales.

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El silbato de Chichicastenango

21/06/2010

Totonicapán, Guatemala, 21 de junio de 2010.

Los periodistas tendemos a hacer sociología a partir de la anécdota con demasiada frecuencia. Si vemos un discusión entre personas de distinta etnia, enseguida establecemos un conflicto racial en las calles de nuestro barrio. Si nos mandan hacer una nota sobre las personas que comen de las basuras, dramatizamos y alertamos de una próxima catástrofe humanitaria. No digamos cuando se nos ocurre una gran idea. Entonces nuestra obra se eleva al nivel de tratado filosófico. Podemos cambiar pero, como decía el personaje de Astérix, eso no va a pasar mañana.

Lo digo como aviso, porque voy a contar una de esas historias que pienso que representan una realidad más amplia. Historias aparentemente simples, pero que enganchan sutilmente con los temas clave de una sociedad.

En Chichicastenango, Guatemala, hay un silbato. Mejor dicho, hay cientos de ellos, pero todos del mismo tipo. Uno por familia, al menos, como el que muestra una vecina del pueblo. No es tradición. Fue implantado por los vecinos hace pocos años para enfrentar dos problemas que amenazaban la paz del lugar: la llegada de la delincuencia y la ineficacia policial.

Chichicastenango -Chichi, como se le conoce- es una pequeña aldea de mayoría indígena ubicada en el altiplano guatemalteco, a 2.000 metros de altitud. Está al oeste de la capital, Ciudad de Guatemala, y posee el mercado de artesanías más famoso del país. Hasta aquí llegan miles de personas para realizar sus compras, y celebrar ritos paganos en las montañas de alrededor.

Pocos en este pueblo oyeron hablar del asesinato de John F. Kennedy, ni han escuchado Hey Jude, de los Beatles. Algunos creen que hay una carretera que lleva a Europa, y otros desconocen que el idioma español viene de España. Pero hasta el momento han logrado resistir la criminalidad que asola la capital, los turistas caminan tranquilos por las calles de adoquines y los hombres alcoholizados apenas molestan a los viandantes. Y esto, en gran medida, gracias al silbato.

Todo empezó hace un par de años, con un programa del Gobierno llamado Mi Familia Progresa. Funcionarios de la capital llegaron a pueblos como Chichi para trabajar en el proyecto, que incluía ofertas de trabajo y ayudas económicas a las familias más pobres. Una noche se escucharon disparos en una carretera de acceso del pueblo. Eran los funcionarios del programa gubernamental, borrachos y disparando al aire. Entonces ya existía un sistema de patrullas vecinales, y se avisaron por sectores. En poco tiempo se arremolinó una muchedumbre en torno a los alborotadores. Los desarmaron, les dejaron en ropa interior y les ataron a varios postes de la luz durante toda la noche, como castigo.

Los sucesos continuaron. Meses más tarde, fueron identificados dos ladrones. La policía era incapaz de sorprenderlos, y los ánimos se caldeaban en torno a la autoridad indígena del pueblo. Una noche, los ladrones violaron supuestamente a una niña. Los vecinos no tardaron en movilizarse. Fueron a buscarlos a su casa de las afueras de la aldea, los capturaron, los arrastraron por los adoquines con un coche y los quemaron. Una patrulla policial trató de parar la matanza, y como resultado un vehículo de la policía resultó igualmente carbonizado.

Eric es propietario del Hotel Tutto, en Chichi, que heredó de sus padres. Ronda los 40 años, y ha pasado la mayorìa de su vida en la capital, donde siempre va armado. “Aquí no hace falta”, comenta, y reconoce que se debe en parte a la ferrea ley que impera en el pueblo. El día que capturaron a los ladrones recuerda cómo se escuchaban los alaridos de dolor desde la calle. “Vivían en el valle, debajo de mi hotel. Yo ni lo sabía”.

Otro caso muy sonado en el país fue el de un turista japonés. Los hechos no quedaron claros, pero la versión habitual es que el turista invitó a subir a un niño a un vehículo para tomarle unas fotos. Algunos que vieron la escena desde la acera lo  interpretaron como un secuestro, y fueron a por él. El turista y el chófer fueron asesinados. El primero por presunto rapto, el segundo por tratar de defenderlo.

Uno de los castigos en esta región, quizá el más popular, es el castigo maya. El condenado se sitúa de rodillas en el suelo, en ropa interior, y se le azota con un cable largo o un chicote, una especie de látigo de cuero. A veces sobreviven, a veces no. Si el castigado es del pueblo, el verdugo es el padre. Si no, el alcalde auxiliar o cualquiera que se preste voluntario: nunca faltan.

Álex es un joven sacerdote indìgena de Chichi. Narra los hechos con la impresión del recuerdo todavía en la retina. No critica abiertamente los castigos, pero se intuye que no está del todo de acuerdo. Lo que sí ataca es el exceso de conservadurismo de sus vecinos. “Sobre todo las cofradías y la alcaldía. Yo no estoy de acuerdo con ellos porque son muy cerrados con el extranjero. Y eso no da buena imagen del pueblo” comenta. Álex es partidario de permitir el acceso a ciertos turistas a sus rituales no cristianos, por lo que se ubica entre los más progresistas entre los indígenas de su zona.

Pedro, trabajador de la filial de Unión Fenosa en Guatemala, recuerda un castigo de esa clase en Huehuetenago, cerca de Chichi. Fue hace 3 o 4 años, recuerda. “Los indígenas son muy buena gente, si tienes un problema te ayudan”, comenta. “Pero no vayas a meterte en problemas con ellos”.

Dignidad

14/06/2010

Ciudad de Guatemala, 14 de junio de 2010

Hace unos meses, en su columna de El País, el maestro Enric González trató de denunciar la grave situación que atraviesan los periódicos de papel y criticó el comportamiento de algunos empresarios de medios de comunicación. “No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños”, decía la columna. La dirección del periódico lo interpretó como una ofensa por la salida a bolsa del grupo Prisa, propietaria del diario, y la columna no fue publicada.

Algunos alumnos del máster de ese periódico nos planteamos escribir un manifiesto, oponiéndonos a lo que pensábamos que era un caso de censura. Al cabo de un tiempo, González abandonó su columna para ocupar la corresponsalía de Jerusalén. Asuntos de empresa. Yo en este momento no me debo a ningún medio, así que en este blog escribo lo que da la gana. Y si un posible contratante lee esto y no le gusta, lo siento en el alma, me dedicaré a la importación de artesanías centroamericanas.

Mis compañeros de informativos de la Televisión Canaria acaban de concluir una huelga de varios meses. Su única reivindicación era continuar con las condiciones laborales que tenían con la anterior productora, Socater. La de ahora es otra, se llama Videoreport, y pretendía por ejemplo que sus empleados trabajaran para otras empresas de su grupo con el mismo contrato de la TVC. Los trabajadores llegaron a ofrecer congelar los salarios durante 18 meses,  pero no fue suficiente para la productora. Además, plantearon otras cuestiones de fondo de los informativos, que sería muy largo explicar aquí. Todo esto es la versión de los compañeros, porque la TVC no contestó el correo electrónico que envié por duplicado. Así que no puedo ofrecer la otra versión.

El acuerdo parece satisfactorio para la mayoría de los compañeros, según lo expresan en su página web. Yo no sé si van a conseguir lo que plantean más allá de su contrato. Me refiero a lograr una televisión pública de calidad, y unos informativos independientes. Sinceramente, lo dudo. Si los informativos de la TVC no son los mejores de Canarias, no es porque falte profesionalidad en sus redacciones, que hay de sobra. Es porque están dirigidos políticamente por el Gobierno regional. Lo saben en la TVC y lo comprobamos desde fuera los espectadores.

Pero me alegro del éxito de la negociación. Me alegro por ellos, porque tengo amigos ahí, y porque son un ejemplo para los periodistas de este país, incapaces de organizarnos ni para coger sitio en una rueda de prensa. Siempre bajando la cabeza ante los intereses de la empresa que nos paga, que sabemos que no son nuestros intereses, y mucho menos los intereses de nuestros lectores, fin último de toda información.

Hablo a menudo con periodistas jóvenes, los que han sido compañeros de trabajo o de estudios, y me duele comprobar la frustración con la que se expresan. Dicen que hice bien en dejar mi anterior trabajo y en venirme a recorrer Latinoamérica. Que el ambiente de la redacción se ha vuelto irrespirable, y que ojalá pudieran hacer lo mismo. Yo les digo que aguanten, que hay que tener paciencia, aunque ni yo mismo me crea esas palabras de aliento. Eso si no les pusieron en la calle o teminaron pasándose al otro lado, el de los gabinetes de prensa que no nos facilitan la información, eso es mentira, nos la complican casi siempre.

Así que muchas gracias, compañeros de la TVC. Gracias por mantenerse unidos hasta el final y servirnos de inspiración a muchos otros. Por ser una pequeña luz para los que creemos en este oficio.