Archive for 25 julio 2010

Un guardabosques encara el abismo en Nicaragua

25/07/2010

.

“Se tiene que detener la penetración de grandes latifundistas en Bosawas, quienes año tras año van haciendo grandes talas para hacer potreros de su ganado, destruyendo la flora y la fauna. En caso contrario, estaremos destinando a la Tierra y sus habitantes a la muerte.”

Informe de junio de 2010 al Ministerio de Medio Ambiente.

.

San Juan del Sur, Nicaragua, 26 de Julio de 2010.

Me sobrecogió la conclusión a la que llegó Taylor en nuestra conversación, porque hablaba del fracaso de este país en la protección de una reserva natural de interés mundial. “Los latifundistas están entrando para apropiarse terrenos en contra de la ley. El Ministerio está ciego, ellos cortan árboles, meten su ganado, nos arrinconan, y nosotros solos no podemos hacer nada. Esto sólo lo arregla el Ejército”.

Este indígena miskito, que ronda los 50 años, trabaja desde hace más de 20 como guardabosques del Bosawas, la Reserva de la Biosfera reconocida por la UNESCO al norte de Nicaragua en torno al gran río Coco. Una región que junto a Río Plátano, en Honduras, forma una de las mayores masas forestales del planeta. En el lado humano, Bosawas es la tierra ancestral de los aborígenes miskitos y mayangnas, y por ello el el Estado les ha reconocido hasta el momento 22.000 kilómetros cuadrados de tierra comunal, un 18% del territorio nacional.

Pero la autonomía ha traído algunos problemas. Las comunidades comienzan a gestionar sus recursos, apenas unos hospitales y algunas escuelas, y algunos jóvenes son premiados con estudios en la capital, como inversión de futuro para las comunidades. Pero éstas no tienen capacidad para garantizar la seguridad de la selva. Un territorio vasto y rico en recursos que nadie controla.

“La lógica de hoy es la avaricia, es la lógica de la bala, del machete, del puñal”, dice el guardabosques refiriéndose a los terratenientes. La mayoría llegó en la década de 1990 a través de Ayapal, una comunidad de 30.000 habitantes junto al río Bocay, un afluente del Coco, y a 7 horas de cualquier carretera pavimentada. Un pueblo que, a pesar de su tamaño, no cuenta con centros educativos, agua corriente ni electricidad. Muchos se siguen aseando en el río, donde también enjuagan la ropa, y sólo algunos disponen de un pequeño generador, que desconectan a las diez de la noche. Entonces la aldea queda en silencio.

Allí vive Henry Salomón Taylor con su esposa, la cual regenta un pequeño comedor al pie del río. Tan cerca que cuando el agua crece -y en esta época sucede a menudo-, la planta inferior de la casa queda anegada. Las dos hijas que viven en el pueblo -la tercera reside en Managua- acuden con los respectivos nietos a diario. Una cantidad indeterminada de parientes más o menos cercanos también se dejan caer con frecuencia por el lugar.

Desde aquí se observa la pintoresca vida del pueblo como en ninguna parte: un goteo de embarcaciones que llega de las comunidades vecinas desde primera hora de la mañana y cruzan el río en dirección a la aldea. Los hombres pasan en largas canoas, impulsadas por la fuerza que los lancheros hacen con palos de madera contra el lecho del río. Las reses cruzan a flote. A veces, al llegar a tierra, se desboca algún toro, y entonces alguien grita: “¡cuidado con el toro!”. Y los que montaban guardia en los portales de las chabolas dan un brinco hacia dentro, como si esquivaran una cornamenta en la calle Estafeta de Pamplona.

Fue aquí, en este lugar semiurbanizado, semidesarrollado, donde dos décadas atrás se instaló Taylor. “Los primeros llegaron en los años 70 desde la selva, pero fue en los 90 cuando empezó a crecer el pueblo”. La guerra y la dictadura sandinista habían pasado, y muchos jóvenes sin tierras se aventuraron hacia los valles del interior en busca de lotes para el cultivo de maíz, frijoles y arroz, así como cacao y café. La historia misma del continente, con permiso de independencias y revoluciones. La vieja historia de la Humanidad.

“En 1995 -continúa Taylor- se prohibió que llegara más gente, por el bien de la Reserva, pero de unos años para acá se cayó el muro de Berlín”. Se refiere a que llegó el descontrol, la masificación de Ayapal como puerta de entrada a Bosawas.

TORPEZA INSTITUCIONAL

Para resolver esta problemática, el gobierno de Nicaragua trabaja sus espacios naturales a través del ministerio de Medio Ambiente (MARENA). Cuenta incluso con programas de cooperación internacional destinados específicamente a la Reserva, donde destacan la ayuda española y británica. Pero ni siquiera eso es suficiente para Taylor. “Son programas que buscan el bien, pero el dinero se queda en Managua, porque lo gestionan instituciones sucias”, refiriéndose al Ministerio.

El MARENA cuenta con una división para la conservación de la biodiversidad, y la ley establece que en caso de delitos ambientales, debe coordinarse con la Fiscalía, la Policía y la Procuraduría, un proceso complejo que entorpece la aplicación de sanciones. “Cualquier acción relacionada con este tema tiene que ser coordinada con el MARENA, no podemos actuar aisladamente”, asegura la portavoz de la policía, Vilma Reyes, citada la pasada semana en el diario La Prensa.

Nicaragua cuenta con normas como la Ley General de Medio Ambiente y la Estrategia Nacional de Biodiversidad, que en teoría garantizan la protección sus riquezas naturales. Pero según el mismo periódico, son textos que no se están aplicando en la actualidad.

El guardabosques de Bosawas tiene la misma opinión. En su informe del pasado 2 de junio al MARENA, denunciaba la tala y quema de árboles en la Reserva, y calificaba as leyes medioambientales como “papel mojado”. Su argumentación era diáfana: amiguismo entre autoridades e infractores, así como influencias de poderes económicos y políticos. Por este motivo, considera como única solución posible la creación de un puesto militar de vigilancia en el interior de la selva.

“Yo me he hecho muchos enemigos por decir lo que pasa en la Reserva”, comenta Taylor. “He mandado informes al Ministerio denunciando a los latifundistas, porque ellos están destruyendo Bosawas. Pero me dicen que soy muy sobresaliente. Que sólo soy un guardabosques”.

Nicaragua, la revolución humilde

20/07/2010

.

Ayapal, Nicaragua, 20 de julio de 2010

Aunque el comandante Daniel Ortega se esforzaba en medio del escenario por mostrar la bandera nacional -“ésta es la madre”, dijo-, lo que inspiraba este lunes a casi medio millón de personas en la plaza La Fe, en Managua, era la rojinegra del Frente Sandinista.

Se celebraba el 31 aniversario del triunfo de la Revolución nicaragüense, la huída del dictador Somoza y su familia ante la acción guerrillera. Con este motivo, el 19 de julio no hubo diferencia entre el Ortega sandinista y el Ortega presidente. Dicho de otro modo, se diluyeron las fronteras entre partido y Estado.

Fue una celebración muy a lo cubano, con un escenario enorme y jóvenes uniformados junto a viejos comandantes de la Revolución. Uno de los invitados de honor, y no por casualidad, fue Ramiro Valdés, vicepresidente de Cuba y héroe del 59 en la isla.

Daniel Ortega entró en escena a las cuatro de la tarde en una abarrotada Plaza de La Fe. Lo hizo con camisa blanca, gorra azul, pantalón oscuro y bajo el himno del Frente, de obligado conocimiento para cualquier sandinista. Todas las televisiones nacionales llevaban transmitiendo una hora, pues su esposa Rosario Murillo le había precedido en micrófono. La gorra, el himno, la señora, la retransmisión obligatoria, todo muy latinoamericano.

El presidente realizó un recorrido por los logros económicos de su mandato frente a la crisis, haciendo una apología de los subsidios. Citó al papa Juan Pablo II para atacar el “capitalismo salvaje que llevará a la destrucción de la Humanidad y del Planeta”, y aprovechó este punto para recordar los más de 20.000 kilómetros cuadrados “reconocidos” a los indígenas de la costa caribe para uso comunitario. Concluyó el discurso con varios vivas, con énfasis a las revoluciones de Cuba y Venezuela.

Pero por más que Ortega los cite como referentes, ni la situación de Nicaragua es la de estos países ni su discurso es el de Castro o Chávez; el ex líder guerrillero proclama el cristianismo y la no beligerencia con los Estados Unidos, diferencias de fondo con sus homólogos cubano y venezolano. “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” es el lema de su Gobierno.

Aún en su revolución humilde y pacífica, es cierto que Cuba y Venezuela son socios en eltratado de libre comercio ALBA, que incluye también a Ecuador y Bolivia. Y eso es una cuestión estratégica, pues se trata de los principales gobiernos latinoamericanos autoproclamados “socialistas”. El ALBA aporta ventajas importantes, una de las cuales es el combustible venezolano a bajo costo.

La historia reciente de Nicaragua es bien conocida. La guerrilla sandinista forzó una guerra contra la dictadura de la familia Somoza. EEUU financió al dictador y envió paramilitares, la famosa Contra, y la URSS ayudó a armar a los rebeldes. La Revolución triunfó, y tras un mandato militar de Daniel Ortega (1985-1990), se convocaron elecciones, pero los sandinistas no volvieron al poder hasta 2006. Las últimas elecciones, las locales de 2008, estuvieron salpicadas por acusaciones de fraude. EEUU y la Unión Europea suspendieron la ayuda al país por ese motivo.

Hoy, 31 años después, todo indica que la pequeña Nicaragua camina un sendero propio, más preocupada por salir de la pobreza que por las luchas de sus socios contra el imperio. Todo lo más, el líder sandinista habla de combatir el neoliberalismo, que aunque sepamos que está representado por los EEUU, no es lo mismo.

Una de las últimas iniciativas de Daniel Ortega ha sido suscribir, a comienzos de año, la Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad, un texto promovido por el ex presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto. En este texto se reitera que, de seguir con el sistema de vida actual, estamos condenados a desaparecer. Un cambio de mentalidad de esta índole sí sería una verdadera revolución y, por qué no, ojalá, pudiera ser encabezada por las nuevas generaciones en este país.

“El cosquilleo no engaña”

15/07/2010

El pasado sábado 10 julio España esperaba ansiosa la final de la Copa del Mundo. El mismo día sucedió en las calles de Barcelona uno de los hechos políticos más significativos de su historia reciente. Cientos de miles de personas se manifestaron contra la sentencia del Tribunal Supremo sobre el Estatuto de Cataluña que, por ejemplo, elimina del preámbulo la palabra “nación” para referirse a Cataluña. El mismo Estatut que generó agrios enfrentamientos para su aprobación, el que no supo despertar pasiones en su referéndum pero que cuatro años después los catalanes habían hecho suyo.

Recuerdo ese verano de 2006 porque lo viví allá en Barcelona, la ciudad donde quise vivir desde aquellos Juegos Olímpicos que la abrieron al mundo para siempre. Ese verano, decía, hice buenos amigos. Se dio la circunstancia de que uno de ellos estuvo en la manifestación del sábado y trabajó duro al día siguiente en la redacción por la victoria de España. Pensé que era una metáfora de la Cataluña actual. Por ese motivo le pedí unas líneas sobre sus sentimientos de esos días.

Para mí, él representa lo mejor del independentismo: alguien que no busca la confrontación porque tiene claras sus ideas. Que no precisa del radicalismo porque son muy sencillos sus sentimientos. Sus palabras son respetuosas, por eso pido el máximo respeto si alguien quiere dejar un comentario. Es amigo, y quiero que se sienta orgulloso de escribir aquí. Yo lo estoy de que haya accedido.

.

.

El cosquilleo no engaña

Me desperté demasiado pronto aquel día, medio empapado por el efecto caldera de mi habitación. Aunque los nervios fueron los verdaderos culpables de sacudir mi pereza. Desayuné algo ligero y frío, nada de café, y abrí el armario ropero. Allí estaba; tan bien planchada y con unos colores medio gastados por los años que hablaban de gestas pasadas. Había llegado el día de pasearla por las calles, exhibirla con orgullo. Como hicieron mis padres y abuelos. Todo esto ocurrió el sábado 10 de julio.

Por la tarde, fue emocionante navegar por aquel mar de gente con mi bandera ataviada en la espalda a modo de capa. Nada me hizo más feliz que comprobar cómo familias enteras se habían desplazado hasta el centro de la Ciudad Condal para solidarizarse con una marcha que inicialmente se había planteado para sacudirnos del barriobajero golpe del Tribuna Constitucional y que, de forma majestuosa, se acabó convirtiendo en una proclama alta y clara a favor de la independencia de Catalunya. Ni el sofocante calor que invitaba a una jornada playera impidió que la manifestación consiguiera batir récords de asistencia. Grité, salté, sudé y lloré en aquel escenario etéreo pero a la vez histórico. De ahí que a media noche no tardara en caer rendido en la cama.

Me desperté demasiado tarde al día siguiente. Relajado y feliz por haber defendido humildemente mi dignidad ciudadana, me acerqué al quiosco más cercano para comprar un par de periódicos con los que disponer de grandes fotografías del evento. Los nervios del día anterior habían desaparecido. Me sentía realizado.

Comí como mandan los domingos y a media tarde ya estaba en la redacción. Entre idas y venidas se acercó un compañero para retarme con su habitual picardía: ‘‘¿Has visto como están las fuentes de Montjuïc llenas de banderas españolas vibrando con la final de hoy? Por lo menos había más de un millón de personas’’. Esbocé una tímida sonrisa y seguí con mi trabajo. Un trabajo que se multiplicaría por tres al pitar el colegiado el final del partido y coronarse la selección española como nueva campeona del mundo. Me alegré por aquel grupo humano de deportistas y por ver a mis colegas de mesa abrazarse entre ellos. Por lo demás ese día fue, para mí, otro más en la rutina laboral de los domingos.

Cuando a las tres de la madrugada, entre bocinas y cánticos por la efeméride, llegué a casa, me tumbé en la cama y reflexioné sobre si esta bipolaridad que había vivido en tan sólo dos días entraba dentro de lo que puede considerarse una sociedad racional. Acabé zanjando la disyuntiva que yo mismo había creado abriendo de nuevo el armario. Y al ver de nuevo aquella senyera coronada con una estrella de cinco puntas entendí que el cosquilleo no engaña y que los sentimientos patrios son inquebrantables. Tanto, como lo son para todos aquellos que al grito de ‘Yo soy español’ inundaban Barcelona mientras yo ya empezaba a desfilar por la fase REM de mis sueños.