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El resuelve-entuertos, el hombre que vino de tan lejos y la dama traicionera

04/07/2010

Santa Ana, El Salvador, 5 de julio de 2010.

Hoy no voy a escribir ningún reportaje de los que les hacen perder el tiempo. Estoy cansado y no me apetece. Hoy, si quieren, les cuento una historia con tres personajes. No sé si son reales o no, si existen de verdad o están solo en mi imaginación. No sé si es ficción o hay algo de retrato de este lugar loco, lleno de iglesias y tipos armados, que es Centroamérica.

El resuelve-entuertos llegó hace semanas a uno de esos pueblos indígenas que abundan por aquí, cansado de la violencia y la inseguridad de la capital. Se graduó en leyes, pero nunca ejerció la abogacía. Prefirió mantenerse en la sombra. De esta manera protegía también a sus contactos en el Gobierno, que eran la base de su trabajo. Sacar de la cárcel a narcotraficantes y asesinos no era una labor muy lustrosa.

El procedimiento era siempre el mismo. Recibía una llamada en uno de sus cuatro celulares, dependiendo del grado de confianza del interesado. Le explicaban los pormenores del caso y la oferta econonómica. El resuelve-entuertos siempre cobraba en dólares. Al cabo de unos días iba a ver al juez. Si era receptivo, estupendo. Si no, le ponía al teléfono a uno de sus amigos. Al final cedía el juez.

El trabajo podía demorarse meses, a veces un año. Pero él era siempre el mago que manipulaba los hechos, retocaba las pruebas y convertía lo más sagrado de la Justicia en un material dócil y maleable. Finalmente, sus clientes salían en libertad. No había muchos como él.

Pero ahora está cansado, el resuelve-entuertos. Demasiados años de corruptelas, demasiados fantasmas respetables divagando por su conciencia. “Tú me obligaste”, le dicen. “Por tu culpa nunca saldrá adelante este país”. Él sabe que están en lo cierto. Por eso busca su retiro espiritual en las montañas, expiar todos sus pecados. Escribir un libro, quizás, donde revelar casi todos los trapos importantes de su carrera, dando nombres, lugares y fechas a cambio de una jubilación en el extranjero. Sería la última maniobra, la última jugada maestra del resuelve-entuertos.

Para luchar contra esta mafia fue enviado el hombre que vino de tan lejos, un antiguo fiscal general del Estado en España. Él es real. No me atrevería a decirlo si no lo hubiera visto en persona. Se llama Carlos Castresana (en la imagen que tomo prestada) y llegó en nombre de la ONU para enfrentar la corrupción y la impunidad al frente de la CICIG. Pero su vocación es la de artista. No hay más que ver su impecable planta de caballero español, su puesta en escena cada vez que habla, la manera en que deslumbra al público, a los medios de comunicación y al país entero.

Su último logró ha sido la destitución del fiscal general al cabo de unos días de que éste tomara posesión del cargo. El hombre, el artista, el representante de la ONU, amenazó con dimitir, y en 48 horas aquel señor estaba en su casa. Nuestro hombre dijo que tenía pruebas para acusarlo de corrupción. Yo no voy a ponerlo en duda. Poco importa que no acepte preguntas de los periodistas, cuando tiene un ex presidente entre rejas y sigue tirando del hilo en el caso Rosenberg. Si el corresponsal de El País fue el primero en aplaudirlo antes de una de sus intervenciones, qué voy a decir yo.

Pero el guión quedaría muy pobre así. El bien contra el mal, la misma historia de siempre. Por eso en las películas siempre aparece una chica que lo complica todo. Aquí es cuando entra la dama traicionera. Tiene que ver con el resuelve-entuertos, porque hay en ella algo de él, y tiene que ver con el hombre que vino de tan lejos, porque le conoce bien.

La dama traicionera no se casa con nadie. Se casó una vez y no le fue bien. Ahora tiene su novio de aquí y su novio de allá. El novio de aquí es un tipo normal. El novio de allá es íntimo del hombre que vino de tan lejos, pues trabajan juntos. La dama traicionera no logró que el enviado de la ONU concediera una entrevista, pero ofreció  jugosos documentos de las investigaciones que su novio de allá y el hombre realizan. A cambio de algo, dijo. Algo que no especificó ni se le pidió que esclareciera.

Hay que tener cuidado con la dama traicionera porque no tiene conciencia, no tiene fantasmas que le acusen por las noches. Nunca se sabe por dónde va a venir, es una mercenaria pura. Hoy parece que está aquí y mañana está allá. Unos días blanco, otros días negro, la mayoría grises. Todo depende.

La dama vive en un lujoso apartamento con su padre, en un rascacielos de la capital violenta e insegura. Allí comparte edificio con propietarios de coches de lujo. Allí, en la décima planta, tras unos amplios ventanales, vislumbra su propio infierno de miedo y desconfianza: la ciudad que vigila a sus habitantes, que los ve caminar, los juzga y los absuelve, o los condena para siempre. Por eso la dama no abandona el rascacielos, porque en ningún otro sitio se sentiría tan a salvo, contemplando el aterrizaje de los aviones en el aeropuerto. Allí en su torre, a salvo, tiene su mundo bajo control.

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La alegría de Maximón

28/06/2010

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Chichicastenango, Guatemala, 28 de junio de 2010.

Hay un nombre en Guatemala que no deja indiferente a nadie, que solo con nombrarlo genera amores y odios, simpatías y fobias, respeto y condena. Se trata de Maximón, el personaje más popular del lago de Atitlán. Mitad padrino, mitad santo, es uno de los casos más extraños de veneración y fe en Centroamérica. El alcohol y los puros son sus ofrendas, y lo hacen vestir con sombreros y corbatas varias. Él da a cambio salud, prosperidad, amores, cualquier cosa que se le pida. Lo único que reclama es atención, y eso le sobra. Cada año vive en una casa diferente, de día en una sala habilitada para él, de noche en un dormitorio. Maximón nunca está solo.

Aunque su procedencia no está del todo clara, se cree que se remonta a la era precolombina. Así lo aseguran también en Santiago de Atitán, su lugar de origen. Lo que está claro es que su existencia se fusionó con la religión de los conquistadores y por eso, cada Martes Santo, Maximón es vestido con ropas especiales en la cofradía que lo custodia, y los miembros de la municipalidad y líderes comunitarios acuden a visitarlo. Ese día hay una celebración con música de marimba y alcohol. El miércoles, Maximón es llevado en procesión por las calles del pueblo.

Pero no hay que llevarse a engaño. Estos ritos de Semana Santa, aunque formalmente se encuadren en la tradición católica, están mezclados con la herencia maya, cobrando un significado propio que la Iglesia Católica se ha negado siempre a reconocer.

Fíjense bien y no pierdan detalle de la foto. Observen su rostro de madera tallado, curtido por los años. Su puro perfecto y respetable. Los dos sombreros negros sobre su cabeza. Las incontables telas y corbatas de colores que completan su figura. Presten atención  a los objetos de la sala, esa estancia oscura y silenciosa iluminada por las velas. Vean los botes de proteínas de gimnasio donde se encuentran las flores blancas. Los dos cofrades que le acompañan en sendas butacas acolchadas. El bote verde sobre la mesa para ahuyentar a los mosquitos. Las botellas de Coca-Cola para calmar la sed de Maximón. Las botellas de ron blanco bajo el mueble de la derecha. Y los billetes del pequeño altar de madera.

No hay datos sobre cuánto dinero puede llegar a generar Maximón, pero con toda seguridad es más de lo necesario para su mantenimiento. Su visita es el principal reclamo para los guías turísticos, y casi siempre es el servicio más solicitado. El guía cobra veinte quetzales por persona (dos euros), y la ofrenda mínima es de diez por cabeza. Cada fotografía cuesta diez quetzales más. Presenciar el ritual donde rezan, le encienden el puro y le dan de beber, se cobra a 200 quetzales.

Todos los que siguen el credo de Maximón hacen mucho hincapié en la fe. En la suya propia y en la del visitante. “A Maximón hay que ir con fe”, repiten. La fe es el sustento de cualquier veneración, pero los turistas no la tienen para este caso, y ellos lo saben. Pero forma parte de una representación muy bien articulada desde que el visitante se baja de la lancha hasta la despedida y cierre. Tampoco hay mucho más que hacer en Santiago de Atitlán, un pueblo que ni siquiera tiene el encanto y la vida noctura de San Pedro de la Laguna, el pueblo vecino. Como mucho, se podrá acudir a uno de los chamanes del lugar, como el de la imagen, que augurará un porvenir plagado de éxitos y bendecirá al visitante por el módico precio de 50 quetzales.

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El silbato de Chichicastenango

21/06/2010

Totonicapán, Guatemala, 21 de junio de 2010.

Los periodistas tendemos a hacer sociología a partir de la anécdota con demasiada frecuencia. Si vemos un discusión entre personas de distinta etnia, enseguida establecemos un conflicto racial en las calles de nuestro barrio. Si nos mandan hacer una nota sobre las personas que comen de las basuras, dramatizamos y alertamos de una próxima catástrofe humanitaria. No digamos cuando se nos ocurre una gran idea. Entonces nuestra obra se eleva al nivel de tratado filosófico. Podemos cambiar pero, como decía el personaje de Astérix, eso no va a pasar mañana.

Lo digo como aviso, porque voy a contar una de esas historias que pienso que representan una realidad más amplia. Historias aparentemente simples, pero que enganchan sutilmente con los temas clave de una sociedad.

En Chichicastenango, Guatemala, hay un silbato. Mejor dicho, hay cientos de ellos, pero todos del mismo tipo. Uno por familia, al menos, como el que muestra una vecina del pueblo. No es tradición. Fue implantado por los vecinos hace pocos años para enfrentar dos problemas que amenazaban la paz del lugar: la llegada de la delincuencia y la ineficacia policial.

Chichicastenango -Chichi, como se le conoce- es una pequeña aldea de mayoría indígena ubicada en el altiplano guatemalteco, a 2.000 metros de altitud. Está al oeste de la capital, Ciudad de Guatemala, y posee el mercado de artesanías más famoso del país. Hasta aquí llegan miles de personas para realizar sus compras, y celebrar ritos paganos en las montañas de alrededor.

Pocos en este pueblo oyeron hablar del asesinato de John F. Kennedy, ni han escuchado Hey Jude, de los Beatles. Algunos creen que hay una carretera que lleva a Europa, y otros desconocen que el idioma español viene de España. Pero hasta el momento han logrado resistir la criminalidad que asola la capital, los turistas caminan tranquilos por las calles de adoquines y los hombres alcoholizados apenas molestan a los viandantes. Y esto, en gran medida, gracias al silbato.

Todo empezó hace un par de años, con un programa del Gobierno llamado Mi Familia Progresa. Funcionarios de la capital llegaron a pueblos como Chichi para trabajar en el proyecto, que incluía ofertas de trabajo y ayudas económicas a las familias más pobres. Una noche se escucharon disparos en una carretera de acceso del pueblo. Eran los funcionarios del programa gubernamental, borrachos y disparando al aire. Entonces ya existía un sistema de patrullas vecinales, y se avisaron por sectores. En poco tiempo se arremolinó una muchedumbre en torno a los alborotadores. Los desarmaron, les dejaron en ropa interior y les ataron a varios postes de la luz durante toda la noche, como castigo.

Los sucesos continuaron. Meses más tarde, fueron identificados dos ladrones. La policía era incapaz de sorprenderlos, y los ánimos se caldeaban en torno a la autoridad indígena del pueblo. Una noche, los ladrones violaron supuestamente a una niña. Los vecinos no tardaron en movilizarse. Fueron a buscarlos a su casa de las afueras de la aldea, los capturaron, los arrastraron por los adoquines con un coche y los quemaron. Una patrulla policial trató de parar la matanza, y como resultado un vehículo de la policía resultó igualmente carbonizado.

Eric es propietario del Hotel Tutto, en Chichi, que heredó de sus padres. Ronda los 40 años, y ha pasado la mayorìa de su vida en la capital, donde siempre va armado. “Aquí no hace falta”, comenta, y reconoce que se debe en parte a la ferrea ley que impera en el pueblo. El día que capturaron a los ladrones recuerda cómo se escuchaban los alaridos de dolor desde la calle. “Vivían en el valle, debajo de mi hotel. Yo ni lo sabía”.

Otro caso muy sonado en el país fue el de un turista japonés. Los hechos no quedaron claros, pero la versión habitual es que el turista invitó a subir a un niño a un vehículo para tomarle unas fotos. Algunos que vieron la escena desde la acera lo  interpretaron como un secuestro, y fueron a por él. El turista y el chófer fueron asesinados. El primero por presunto rapto, el segundo por tratar de defenderlo.

Uno de los castigos en esta región, quizá el más popular, es el castigo maya. El condenado se sitúa de rodillas en el suelo, en ropa interior, y se le azota con un cable largo o un chicote, una especie de látigo de cuero. A veces sobreviven, a veces no. Si el castigado es del pueblo, el verdugo es el padre. Si no, el alcalde auxiliar o cualquiera que se preste voluntario: nunca faltan.

Álex es un joven sacerdote indìgena de Chichi. Narra los hechos con la impresión del recuerdo todavía en la retina. No critica abiertamente los castigos, pero se intuye que no está del todo de acuerdo. Lo que sí ataca es el exceso de conservadurismo de sus vecinos. “Sobre todo las cofradías y la alcaldía. Yo no estoy de acuerdo con ellos porque son muy cerrados con el extranjero. Y eso no da buena imagen del pueblo” comenta. Álex es partidario de permitir el acceso a ciertos turistas a sus rituales no cristianos, por lo que se ubica entre los más progresistas entre los indígenas de su zona.

Pedro, trabajador de la filial de Unión Fenosa en Guatemala, recuerda un castigo de esa clase en Huehuetenago, cerca de Chichi. Fue hace 3 o 4 años, recuerda. “Los indígenas son muy buena gente, si tienes un problema te ayudan”, comenta. “Pero no vayas a meterte en problemas con ellos”.