Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Voyerismo y periodismo

03/08/2010

Hay pocas cosas que llamen tanto la atención en el menudeo cotidiano de los pueblos y aldeas que voy visitando como dos hombres haciendo negocios en la puerta de una casa. Me doy cuenta del morbo que esa escena produce, puedo sentir decenas de ojos dirigiéndose sin tregua hacia el punto focal de los billetes hasta que, tras cambiar de manos, desaparecen irremisiblemente en el bolsillo de algún pantalón: una escena sin ningún interés.

La esencia del voyerismo es ver sin ser visto, y de alguna manera a todos nos gusta. Pero mientras los europeos practicamos el voyerismo individual -observo a alguien que me llama la atención sólo a mí- aquí se practica el voyerismo en masa: decenas de cuellos se orientan al unísono hacia un punto común. Si uno consigue no ser partícipe de este gesto inconsciente, se observa que 9 de cada 10 pasajeros de la guagua se pasan el tiempo fijándose exactamente en lo mismo.

Yo mismo he sido protagonista de este comportamiento en decenas de ocasiones, cuando sin pretenderlo llamo la atención por culpa de la enorme mochila que cargo, por el color de mi piel, mi mal humor o mi aspecto desamparado. No es una sola mirada, no. Parecen cientos de ellas, todas clavándose en mí. Resulta intimidatorio hasta que se acaba aceptando por la fuerza de la costumbre.

El periodismo también tiene algo de voyeur. Me atrevo a decir que no sería lo que es, de no ser por esa capacidad de mirar sin ser visto, o al menos pasar desapercibido. En periodismo también se practica el vouyerismo en masa: los medios se ocupan masivamente de un tema, y cuando el tema se agota, pasan a ocuparse masivamente de otro asunto. Le llaman la agenda de los medios. Algunos consiguen esquivar parcialmente esta agenda, construyendo la suya propia. Normalmente son los mejores.

Lamentablemente, en periodismo no contamos con el eficaz mecanismo de los cuellos giratorios para saber qué es lo que interesa al público. Hay muchas teorías al respecto pero, a decir verdad, tampoco pensamos que eso importe demasiado. Las cartas al director y los comentarios en la web nos han bastado hasta ahora para tener la conciencia tranquila. Hay excepciones interesantes, como la defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva.

Un profesor de la facultad solía decir que uno de los dilemas que afronta el periodismo es hacer interesante lo que es importante. Y que si no es así, en todo caso será culpa nuestra. Podría decirse entonces que el periodismo es el arte de mostrar de manera atractiva los asuntos más plomizos. Una manera es buscar un buen titular, seguido de un primer párrafo (lead, en inglés) que no quiten las ganas de seguir leyendo. Está demostrado que un internauta emplea menos tiempo en leer noticias que un lector de periódicos. Así que esto es fundamental.

El británico John Carlin es un ferviente defensor de esta técnica, como dejó claro en la conferencia inaugural del máster de El País del pasado año. Aunque la entradilla más memorable que he leído se la reconozco a Francisco Perejil, con motivo del entierro de un viejo dirigente del IRA en Irlanda del Norte. Para lograr esa pequeña joya, con toda seguridad, el autor tuvo que mezclarse con familiares y amigos del fallecido, abajo en la calle, escuchando y viendo sin ser visto. No como yo ahora, que escribo esta reflexión sentado y con aire acondicionado.

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“El cosquilleo no engaña”

15/07/2010

El pasado sábado 10 julio España esperaba ansiosa la final de la Copa del Mundo. El mismo día sucedió en las calles de Barcelona uno de los hechos políticos más significativos de su historia reciente. Cientos de miles de personas se manifestaron contra la sentencia del Tribunal Supremo sobre el Estatuto de Cataluña que, por ejemplo, elimina del preámbulo la palabra “nación” para referirse a Cataluña. El mismo Estatut que generó agrios enfrentamientos para su aprobación, el que no supo despertar pasiones en su referéndum pero que cuatro años después los catalanes habían hecho suyo.

Recuerdo ese verano de 2006 porque lo viví allá en Barcelona, la ciudad donde quise vivir desde aquellos Juegos Olímpicos que la abrieron al mundo para siempre. Ese verano, decía, hice buenos amigos. Se dio la circunstancia de que uno de ellos estuvo en la manifestación del sábado y trabajó duro al día siguiente en la redacción por la victoria de España. Pensé que era una metáfora de la Cataluña actual. Por ese motivo le pedí unas líneas sobre sus sentimientos de esos días.

Para mí, él representa lo mejor del independentismo: alguien que no busca la confrontación porque tiene claras sus ideas. Que no precisa del radicalismo porque son muy sencillos sus sentimientos. Sus palabras son respetuosas, por eso pido el máximo respeto si alguien quiere dejar un comentario. Es amigo, y quiero que se sienta orgulloso de escribir aquí. Yo lo estoy de que haya accedido.

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El cosquilleo no engaña

Me desperté demasiado pronto aquel día, medio empapado por el efecto caldera de mi habitación. Aunque los nervios fueron los verdaderos culpables de sacudir mi pereza. Desayuné algo ligero y frío, nada de café, y abrí el armario ropero. Allí estaba; tan bien planchada y con unos colores medio gastados por los años que hablaban de gestas pasadas. Había llegado el día de pasearla por las calles, exhibirla con orgullo. Como hicieron mis padres y abuelos. Todo esto ocurrió el sábado 10 de julio.

Por la tarde, fue emocionante navegar por aquel mar de gente con mi bandera ataviada en la espalda a modo de capa. Nada me hizo más feliz que comprobar cómo familias enteras se habían desplazado hasta el centro de la Ciudad Condal para solidarizarse con una marcha que inicialmente se había planteado para sacudirnos del barriobajero golpe del Tribuna Constitucional y que, de forma majestuosa, se acabó convirtiendo en una proclama alta y clara a favor de la independencia de Catalunya. Ni el sofocante calor que invitaba a una jornada playera impidió que la manifestación consiguiera batir récords de asistencia. Grité, salté, sudé y lloré en aquel escenario etéreo pero a la vez histórico. De ahí que a media noche no tardara en caer rendido en la cama.

Me desperté demasiado tarde al día siguiente. Relajado y feliz por haber defendido humildemente mi dignidad ciudadana, me acerqué al quiosco más cercano para comprar un par de periódicos con los que disponer de grandes fotografías del evento. Los nervios del día anterior habían desaparecido. Me sentía realizado.

Comí como mandan los domingos y a media tarde ya estaba en la redacción. Entre idas y venidas se acercó un compañero para retarme con su habitual picardía: ‘‘¿Has visto como están las fuentes de Montjuïc llenas de banderas españolas vibrando con la final de hoy? Por lo menos había más de un millón de personas’’. Esbocé una tímida sonrisa y seguí con mi trabajo. Un trabajo que se multiplicaría por tres al pitar el colegiado el final del partido y coronarse la selección española como nueva campeona del mundo. Me alegré por aquel grupo humano de deportistas y por ver a mis colegas de mesa abrazarse entre ellos. Por lo demás ese día fue, para mí, otro más en la rutina laboral de los domingos.

Cuando a las tres de la madrugada, entre bocinas y cánticos por la efeméride, llegué a casa, me tumbé en la cama y reflexioné sobre si esta bipolaridad que había vivido en tan sólo dos días entraba dentro de lo que puede considerarse una sociedad racional. Acabé zanjando la disyuntiva que yo mismo había creado abriendo de nuevo el armario. Y al ver de nuevo aquella senyera coronada con una estrella de cinco puntas entendí que el cosquilleo no engaña y que los sentimientos patrios son inquebrantables. Tanto, como lo son para todos aquellos que al grito de ‘Yo soy español’ inundaban Barcelona mientras yo ya empezaba a desfilar por la fase REM de mis sueños.

GRACIAS

12/07/2010