Para nosotros, la palabra

12/09/2010

Te digo que no vale / meter el sueño azul bajo las sábanas, / pasar de largo, no saber de nada, / hacer la vista gorda a lo que pasa, / guardar la sed de estrellas bajo llave.

Agustín Millares Sall

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No morirá la flor de la palabra. Podrá morir el rostro de quien la nombra hoy, pero la palabra que vino del fondo de la historia ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder.

Ya son cientos los que dejaron dicha la palabra, y miles más que la escucharon. Ahora el poder quiere enfrentar el miedo con más miedo, porque solo conoce el ruido de sables, y ha hecho circular rumores de denuncias y castigos ejemplares. Quieren encarcelar a la palabra, pero no vinimos a este mundo para plegarnos sin más. La palabra ya fue dicha y vino para quedarse entre nosotros.

Ellos utilizan la palabra sin amor. Por eso es la suya una palabra hueca, pues está manchada por la codicia. Quieren alambrarla y separar sus letras para componerla de nuevo en artilugios de fuego. La visten con ropajes nobles para que aparezca digna, aprovechando el buen nombre de los que les precedieron. Pero no podrán someter a la palabra, porque ésta fue hecha para los valientes y no para los cobardes.

Ellos quieren que muera la palabra. Ellos quieren que llueva la noche sobre nuestras casas y nuestras conciencias. Pero nosotros venimos de la noche. Nosotros, los contadores de historias, nacimos en la noche y en el miedo, y de él venimos atravesando siglos y tempestades. En la noche nacimos, en la noche moriremos.

Pero el día será hoy para nosotros. El día será para los que buscamos la palabra con amor y no la vendemos a los impostores de la mentira. El día será para los que la cultivamos en los valles, en los barrancos de nuestras islas y no la ocultamos en sacos de cuevas inmundas. Será para los que queremos darla y compartirla porque sabemos que en ella está la semilla de los que vendrán después. Para nosotros será la palabra en el nuevo amanecer, para nosotros. Para ellos, nada.

Desmantelan La Provincia

05/09/2010

Puede que algún día, en un futuro lejano, logremos crear unas sociedades tan perfectas, tan justas y con unos gobernantes tan virtuosos que ya no sea necesario el control público del gobierno. Puede que entonces ya no hagan falta todos esos mecanismos que tratan de asegurar el buen empleo del dinero de los ciudadanos, y que pretenden  evitar el fraude, los favores políticos, el clientelismo, la corrupción. Puede que volvamos a nuestros orígenes políticos donde regía el buen gobierno, el gobierno de la comunidad. Puede que entonces ya no sean necesarios los periódicos ni los periodistas. Puede que todo eso ocurra un día, pero ninguno de nosotros lo veremos. Una prensa libre, honesta y agresiva sigue siendo hoy una necesidad de primer orden.

Les quiero hablar de un periódico pequeño, modesto, pero con larga historia en Las Palmas de Gran Canaria, mi ciudad. Se llama La Provincia, o La Provincia/DLP, después de su fusión con el vespertino Diario de Las Palmas. Allí respiré por primera vez el ambiente de una redacción, cuando todavía era permitido fumar. Allí su director Ángel Tristán me ofreció mi primer empleo, muy bien remunerado por cierto, y dos años después abandoné voluntariamente el diario, dejando magníficos compañeros. Hablo de Pepe Naranjo, de Marisol Ayala,  de Pedro García, de Pablo Checa, de Quique del Rosario, de Mónica Perdomo, de Pepe Aguilar, de Juan Pedro Borrego. Todos ellos buenos profesionales que se marcharon en los últimos tiempos: los invitaron a irse, los menospreciaron, los echaron.

Ningún caso es igual y en cada uno hay una historia, pero atisbo un denominador común que planea en torno a todos ellos: la salida de periodistas veteranos, con mucho que aportar, que saben de lo que va este oficio y conocían el diario por dentro y por fuera, que tenían la valiosa confianza de sus fuentes, gracias a un trabajo prolongado, serio y honesto. Ahora su lugar ha quedado vacío, condenando a la publicación a un estado de anorexia enfermiza.

Recuerdo el silencio de cementerio que reinaba la última vez que estuve por La Provincia, las navidades pasadas. Me imagino la situación de Manolo Borrego, encargado de Deportes y unos de los jefes más lúcidos que he conocido, al que le han esquilmado el 80% de su gente. El último su hermano, Juan Pedro, veterano de la sección y especialista en resolver imprevistos: alguien a quien cualquiera querría tener de compañero. Me pongo el pellejo de los que salen ahora de vacaciones, temiendo que a la vuelta ellos pueden ser los siguientes.

Lo único positivo es que no todos se fueron. Quedan Cira Morote, Juanjo Jiménez, Antonio González, Teresa García, Carmen Santana, Raúl Gil, Carlos Domínguez, Miguel F. Ayala, Elisa Ardoy, que siguen en sus puestos a pesar de este desmantelamiento obsceno de la redacción. Periodistas que solo quieren hacer bien su trabajo y no se dejan amedrentar por elementos tóxicos, tipos de mentalidad obtusa, obcecados en ganar el favor de los jefes y manejar su miserable cuota de poder dentro de la empresa.

Ellos son los únicos que pueden reflotar lo que en otro tiempo fue un diario pujante y decidido, y devolverle algo de su dignidad, para que las nuevas generaciones y los veteranos de siempre puedan volver a sentir el orgullo de haber caminado por esos pasillos, como yo lo siento.

Pablo Escobar, más vivo que nunca

30/08/2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Por cuenta de Pablo Escobar hay hoy carros blindados en Colombia, y las necesidades de seguridad modificaron la arquitectura. Por cuenta de él, se cambió el tiempo de funcionamiento del sistema judicial, se replanteó la política penitenciaria y hasta el diseño de las prisiones, y se transformaron las Fuerzas Armadas. Todo ello fue necesario para enfrentarlo y derrotarlo. (…) ¿Es posible que se repita el fenómeno de Pablo Escobar? Se puede decir que sin duda surgirán otros capos. Pero también se puede decir que no habrá otro como Pablo Escobar.”

Revista Semana, 3 de enero de 1994

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Cartagena de Indias, Colombia, 31 de agosto de 2010.

En Cartagena de Indias, varios vendedores ambulantes ofrecen a los turistas que pasan por la céntrica Torre del Reloj, camisetas con el rostro de Pablo Escobar. Seiscientos kilómetros al sur, en su Medellín natal, varias agencias de viajes ofertan recorridos donde se visita el lugar de su muerte y la tumba del narco. En Bogotá y otras ciudades del país ya se puede encontrar el libro El otro Pablo, escrito por su hermana Alba Marina, que se suma a los otros tantos que ya ciculaban. Si buscamos “Pablo Escobar” en Google, aparecen 882.000 resultados, y por lo menos hasta la página 50 hacen referencia a su persona. El pasado año, el documental Los pecados de mi padre mostró cómo el hijo de Escobar pedía perdón a hijos de víctimas de su padre. Estas son algunas muestras del negocio que se mueve en torno al narcotraficante más importante y célebre de todos los tiempos, 17 años después de su muerte.

Nacido en 1949 en Rionegro, un pueblo al este de Medellín, fue jefe del cartel de la droga de esa ciudad y de todo el narcotráfico en Colombia. Estuvo en la lista de personas más ricas del planeta y ordenó asesinar a todo el que se le ponía por delante. Eso incluyó candidatos presidenciales, llegando a explosionar para ello un avión en pleno vuelo con 107 personas a bordo. Sus aspiraciones parecían no tener mesura, y le faltó poco para ser diputado nacional. A pesar de todo, mantuvo -y mantiene- intacta su popularidad en Medellín, sobre todo entre las clases bajas, pues construyó viviendas y recintos deportivos para ellas. Se ganó los sobrenombres de El Patrón y El Zar de la cocaína.

Pasados los duros años del narcoterrorismo de los años 80 en Colombia, Pablo Escobar va camino de convertirse en mito. Los intereses comerciales que se mueven en torno a su figura no han descendido con el paso del tiempo: a medida que se aleja la memoria de la sangre, tanto más fácil parece convertirse en carne de márketing. El recuerdo que suscita entre las nuevas generaciones es una mezcla de rechazo y admiración, al menos así se deduce de las opiniones que he escuchado. La pregunta era siempre la misma: ¿Qué te dice el nombre de Pablo Escobar?

Una de las consultadas es Patricia Reyes, comunicadora social de Barranquilla, en la costa norte de Colombia. “Es una de las personas más inteligentes que ha dado la humanidad”, asegura. “Es un símbolo de Colombia, a pesar de todo lo que hizo. Por eso Pablo Escobar nunca morirá”, afirma.

Natalia Perea estudia Derecho en Cartagena, y ha pasado varios veranos en Medellín, donde creció, vivió y murió Escobar. “Lo malo es que hacía cosas malas, lo bueno es que ayudó a mucha gente. En la comuna de Medellín se  construyeron muchas casas gracias a él, por ejemplo. Si uno va por allí, mucha gente va a hablar bien”, comenta la estudiante.

Los carteles colombianos de la droga de los años 80 han sido calificados de mafia, es decir, una organización criminal que solo se entiende y cobra fuerza en su contexto social. Lo mismo que la Camorra, la ´Ndrangeta y la Cosa Nostra italianas. Por eso para Dina Candela, siciliana afinada en Colombia, es fácil establecer una analogía entre Pablo Escobar y los capos de su isla. “Pasa igual que con la imagen del boss mafioso. En Sicilia se le trata no con temor, sino como alguien que merece respeto porque se considera que lo que hace, está bien”, asegura. “Da trabajo a la comunidad, por eso cuando comete delitos, la gente se lo agradece con la omertá: no sé, no vi, no escuché”, explica la italiana.

Jefry Viloria, joven natural de Cartagena y reggetonero confeso, lo resume: “Ese man era duro”. Considera que hay mucha gente en Colombia que “idolatra” a Escobar. “Era malo, pero de pronto hizo mucho por Medellín, por eso lo tienen como modelo. También porque era berraco (valiente)”.

La historia del narco más importante de la historia es larga y rocambolesca, incluyendo la fuga de una cárcel de lujo diseñada por él mismo, y lo fue hasta su muerte. Como predijo la revista Semana, surgieron otros capos, pero ya no habría otro como Pablo Escobar. Murió en Medellín el 2 de diciembre de 1993 acribillado por las balas de la policía en el tejado de su casa (en la imagen, visto por el artista Fernando Botero), tratando de escapar del cerco de miles de agentes que tenían como objetivo único su captura. El cadáver fue exhibido como un trofeo de guerra. Como suele suceder en estos casos, murió el hombre y nació la leyenda. Los que saben de negocios hicieron el resto.