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El otro faro de Livingston

30/05/2010

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Ciudad de Guatemala, 30 de mayo de 2010.

Hace unos años, en Madrid, durante la presentación de uno de sus libros, un filósofo alemán pronunció una frase que sorprendió a los presentes por su ternura y sensibilidad: “No hay espectáculo más hermoso que ver a un niño que lee”. Era Günter Grass.

No sé dónde andaría entonces el chileno transhumante Iván Jamett, a la derecha en la foto, pero algo así debió tener en la cabeza cuando decidió fundar la biblioteca Belüba Lüba Fürendeí, de momento la única en Livingston, Guatemala, en la costa caribe.

Con una población de apenas 10.000 habitantes, este pueblo es célebre por ser el centro de referencia de la cultura garífuna, una etnia producto de la mezcla entre negros africanos e indígenas de la isla caribeña de San Vicente. El mismo nombre de la biblioteca es garífuna, y significa la casa abierta de la cultura.

Esta biblioteca ha permitido, por ejemplo, que los jóvenes de Livingston tengan acceso a algún libro además de La Biblia. Ya han pasado dos años, y el proyecto ha crecido a la par que su fama. Por eso, allí todo el mundo sabe quién es Iván, en un lugar donde más del 40% de la población tiene menos de 15 años y el mismo porcentaje de analfabetismo, según datos oficiales de 2002, los últimos disponibles.

Colaboran personas del pueblo y voluntarios españoles como los que salen en la foto con el gato Alvarito: Ana, gallega, Manuel, barcelonés, y Álvaro, madrileño, además de Julia, zaragozana, que no sale en la imagen. Cada uno con su propia historia.

Iván elude el protagonismo ante todo. La primera vez que quise hablar sobre el tema, se hizo el sueco. Tuve que asaltarlo en pleno desayuno a la mañana siguiente. “No tengo mucho tiempo”, dijo. La mesa estaba rodeada de papeles, y había una calculadora. La entrevista duró diez minutos, pero han sido los diez minutos mejor aprovechados. Atrás quedaron las esperas con futbolitas perezosos para acabar titulando on una frase insulsa. Gracias, Iván.

“No tenía idea de en qué me metía”, me dice. “Uno no dimensiona las cosas cuando se mete en algo así. Sobre todo no sabía que iba a ser tan complicado”. El concepto era sencillo: reunir un cierto número de libros y juegos para ofrecerlo a los niños bajo el paraguas de una asociación apolítica, arreligiosa y comunitaria. Primero en la calle, más tarde en un local como el de ahora, en el centro del pueblo, frente a la gran bahía de Amatique. Los problemas vinieron más tarde.

“Llegué a Livingston para un año y acabé quedándome, porque tus emociones acaban involucrándose. Pero eso no siempre es conveniente para el proyecto”, comenta. “Hemos tratado de que la gente participe y de que se involucren. Ahora más o menos se apoya”. Esta última frase, el “más o menos”, se refiere al ayuntamiento. “La municipalidad no nos reconoce, porque entonces tendría que financiarnos, según las leyes de Guatemala. Así que hemos trabajado a base de donaciones”.

Quien sí se interesó fue la Unesco, el organismo de la ONU para la educación, la ciencia y la cultura, pero tampoco fueron bien las cosas. Y es que, como dice Iván, “todas las instituciones cobran su parte”

“La Unesco vino con su dinero, con mucho dinero. Me dijeron que tenían un presupuesto que podían emplear en la biblioteca, empezando por comprar ordenadores. Yo les dije que bien, pero que dónde estaba su proyecto. ¡No tenían un proyecto! Quedamos al día siguiente. Comenzaron con que querían hacer esto, lo otro… Y yo, que no soy muy diplomático, les dije que se metieran su presupuesto por el…” (sitúa su mano tras la espalda y hace un gesto, que para qué voy a explicar si ya se lo están imaginando).

De acuerdo, mi querido Iván. ¿Pero cómo acabó un tipo como tú en Livingston? ¿Por qué montaste la biblioteca precisamente aquí? “Cuando me preguntan eso siempre respondo: ¿Y por qué no? Además, la mayoría de iniciativas están en las ciudades. Al final se trata de que tu discurso tenga que ver con tus hechos”. “¿Y cuál es tu discurso?”, le digo. Sonríe. “Tú has estudiado periodismo, verdad?”, responde. “Es que tenemos poco tiempo”, contraataco. “Bueno, es algo que tiene raíces filosóficas -contesta-. Creo que el conocimiento no se regla ni tiene origen. Sencillamente se genera. En este caso se genera la igualdad de posibilidades. Le das a los niños estímulos de conocimiento y la posibilidad de que escojan, aunque luego tú no estés de acuerdo. Eso es libertad.”

Iván me comentó su idea de marcharse de Guatemala a finales de año, así que está tratando de transferir definitivamente la biblioteca a la gente de Livingston con la que viene trabajando. Él había hablado sobre las emociones, así que le pregunto si al menos se siente responsable de su obra. “Yo no tengo responsabilidad de nada, salvo de algunas cagadas de mi vida personal”, me dice. Ahí estaba la clave del personaje. “Bueno, al menos aquí estás como en tu casa, rodeado de gente que te aprecia”, le digo. “Esto es algo en lo que he trabajado -me dice-, pero no es mi casa. Mi idea ahora es irme a vivir a China el próximo año”. “¿Y cuál es tu casa?”, le pregunto. Entonces baja levemente la cabeza y su mirada  parece evadirse en el tiempo, tratando de recordar, para concluir con una sinceridad abrumadora. “Mi casa soy yo”.

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