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Panamá, la ciudad de las dos almas (II)

10/08/2010

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“Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerden los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él, encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”

Simón Bolívar (imagen desconocida)

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Cartagena de Indias, 10 de agosto de 2010

En diciembre de 1989, el presidente de EEUU, George W. Bush (padre), movilizó a más de 20.000 hombres para llevar a cabo la invasión de Panamá. El objetivo era capturar al dictador y antiguo colaborador de la CIA Eduardo Noriega, acusado de tráfico de drogas, y “garantizar la seguridad de los ciudadanos estadounidenses”, tras varios ataques a intereses norteamericanos en la región y el asesinato de uno de sus soldados. La ‘Operación Causa Justa’ fue condenada por la Asamblea General de la ONU y la Organización de Estados Americanos. No hubo cifra oficial de muertos, pero se habló de  miles de civiles. Noriega fue capturado y extraditado, y en 1990 se restituyó la Constitución panameña. La presencia militar extranjera concluyó con la entrega del Canal, en diciembre de 1999.

Once años después aún se percibe la magnitud del desastre en el barrio de El Chorrillo, una de las zonas marginales de la capital. Allí estaba el cuartel general de Noriega, objetivo de bombardeos aéreos que causaron grandes incendios y la destrucción de numerosas viviendas. Lo curioso de El Chorrillo es que no está en la periferia de la ciudad, sino junto al casco antiguo, sede de la mayoría de edificios del Gobierno.

Panamá es una ciudad de fuertes contrastes. El más evidente de todos es el de las enormes torres conviviendo en pocas manzanas con amplias bolsas de pobreza, como El Chorrillo y Curundú. Pero hay un hecho en particular que desvela las dos almas de la ciudad, y vive al costado del lujo deslumbrante de los rascacielos.

Panamá fue elegida en 1824 por Simón Bolívar, entonces presidente de la Gran Colombia, para albergar una reunión que fundaría las bases de una gran federación de países -políticamente rivales de EEUU-, lo se ha conocido como ‘panamericanismo’. Pero Panamá es el reverso de la moneda de lo que soñó Bolívar: hoy es la ciudad de la banca, el paraíso fiscal, la expresión máxima del liberalismo financiero.

Cada año, instituciones como el instituto KOF de Suiza y revistas de actualidad como Foreign Policy publican la lista de países más globalizados del mundo. Panamá siempre figura en el primer puesto de Latinoamérica, en un ránking mundial encabezado por Singapur, otro paraíso fiscal. Uno de los motivos es la dolarización de la economía, motivo por el cual Panamá no cuenta con un banco central. Sí con una Superintendencia de Bancos, que regula la actividad financiera.

“El pasado bolivariano no representa nada para los panameños”, asegura Ismael Gerli, abogado tributario y marítimo. “Solo un minúsculo grupo podemos acordarnos de que aquí se llevó a cabo el famoso congreso anfitriónico. El panameño no es nacionalista, las encuestas lo dicen”, afirma desde su despacho en la impresionante torre del Global Bank.

Si la Panamá de Bolívar fue escenario de esa reunión que aún hoy se evoca en la Sociedad Bolivariana de este país, la actual aparece tomada por bancos y rascacielos. No en un barrio, al estilo del neoyorquino de Manhattan, sino en toda la urbe.

“No hay duda de que los bancos panameños crean empleo y atren inversión”, opina Luis Quintero, que procede del sector bancario y ahora regenta Panama by Luis, un hospedaje para mochileros en el tranquilo barrio Coco del Mar de la capital. “Es verdad que la falta de regulación se presta al lavado de dinero, pero en general es positiva para el país”, comenta. Es la opinión generalizada de los panameños, a pesar de las lecciones que se  obtuvieron de la crisis económica sobre los paraísos fiscales.

Curiosamente, en una reunión creciente en Centroamérica, el Fondo Monetario Internacional no planteó el aumento de la transparencia y la seguridad de la actividad bancaria en el Itsmo, sino la creación de un “fondo de liquidez” para bancos en riesgo.

“El sistema financiero aquí es solo para la oligarquía y sus tentáculos” opina Ismael Gerli. “El sistema actual no desaparecerá por lo menos en 20 años. Los gobiernos no son tontos, se mezclan en la retórica de los organismos internacionales, pero al final los convencen de que Panamá no es un paraíso fiscal, sino un sistema bien establecido de servicios financieros, lo cual sí es cierto”, comenta.

Construcción.

A pesar de la cantidad de rascacielos en construcción que aparecen en el skyline de la ciudad, y de que el lado oeste de la ciudad está siendo objeto de un gran desarrollo urbanístico, Ismael considera que todo es diametralmente opuesto a lo que se ve.  “Solo en nuestra oficina tenemos 17 clientes que perdieron sus inversiones en edificios que nunca se han terminado o siquiera iniciado. Hay 20.000 departamentos descocupados, un desempleo rampante y altos índices de criminalidad”.

Uno de los ejemplos más sonados de obras frustradas fue el del Palacio de la Bahía, del empresario español Adolfo Olloqui, que supuestamente iba a ser el edificio más alto de Latinoamérica. Problemas en su materialización y el enfrentamiento entre promotor y arquitecto dejaron el proyecto suspendido.

Aunque no se refiere al caso anterior, Luis es tajante y confirma las tesis del abogado. “Muchos proyectos se hacen para lavar dinero, por eso no vive nadie en esos lugares. El boom inmobiliario de los años 80 sirvió a muchos narcotraficantes para el blanqueo de capital, en acuerdo con Noriega. Pero hay un crecimiento indudable en inmobiliarias, marítimo, despachos de abogados, incluso en turismo”.

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