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Tomo partido

11/05/2010

Hace tiempo que tenía olvidada la sección reflexiones, que ahora retomo tras algunos reportajes. Lo hago después de una charla con Petul, el teólogo indígena que me sirvió como fuente en la entrada anterior. Hablamos sobre los indígenas, su situación histórica en Chiapas, su cultura, su espiritualidad. Me informó, sin yo preguntarle, sobre alguno de los conflictos internos que enfrentan los campesinos, pero prefirió que eso quedara entre nosotros, off the record, como se dice en el argot períodístico. No todo es color de rosa, a pesar de que el indígena ya ha tomado conciencia de sí mismo o, como dice Petul, “estamos viviendo el despertar de un nuevo amanecer, una nueva etapa de la vida”.

Escucho historias, costumbres, que no dejan en buen lugar la lucha indígena, pero que no voy a compartir para no desacreditar el avance general de este pueblo, porque he tomado partido. Todo lo que escriba sobre ellos no va a ser, por tanto, objetivo, porque tienen toda mi simpatía.

 Tomo partido por personas como Petul, que se esfuerzan por el diálogo intercultural y porque la Iglesia de Roma reconozca algún día el valor de la religión maya. Tomo partido por el obispo Samuel Ruiz, en San Cristóbal, y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, en El Salvador,  porque conscientemente o no practicaron la Teología de la Liberación, contribuyendo no sólo a salvar el alma de sus feligreses, sino también sus vidas.

Tomo partido por todas las generaciones de campesinos que tuvieron que emigrar en Chiapas en busca otras aldeas menos pobladas, porque en las suyas se morían de hambre. Por los que nunca tuvieron tierra y por los que murieron en el intento. 

Tomo partido por los miles de campesinos de Los Altos que el 12 de octubre de 1992 marcharon hasta San Cristóbal de Las Casas, no para tomase una revancha histórica, sino para decirle al mundo que no tenían nada que celebrar. Por los guerrilleros que el 1 de enero de 1994 tomaron esta misma ciudad en la que me encuentro, y que dieron voz y voto a los pisoteados y los oprimidos. Tomo partido por los cinco caracoles o puntos de enlace zapatista: Roberto Barrios, La Realidad, Morelia, La Garrucha y Oventik. Por las decenas de municipios autónomos que cada día nos dicen que sí, que otro mundo es posible. Por las mujeres indígenas que no quieren seguir siendo lo último de lo último de la sociedad ni quieren depender de sus maridos ni quieren ser maltratadas.

Tomo partido por los perdedores de siempre, sabiendo que va en contra de lo que me habían enseñado, que un periodista debe ser independiente y tomar distancia de los hechos. Lo seguiré haciendo, pero no en este tema. Y si vuelve a ocurrir avisaré con tiempo, como ahora. Que nadie pueda decir que hemos perdido la honestidad.

Lecciones de democracia en una aldea zapatista

01/05/2010

Lo que van a leer a continuación es el fruto periodístico de una experiencia que tuve esta semana en una aldea campesina en Chiapas, México. Contacté con la corriente política de los zapatistas -hay otra militar, el EZLN-, los cuales me invitaron ese día a presenciar una asamblea comunal en un poblado indígena. Está escrito con todo rigor, es decir, no trato de manifestar apoyo ni rechazo a este conflicto, que corresponde dilucidar a México y a los mexicanos. Ahora bien, el texto está fabricado a partir de una experiencia nueva para mí,  y probablemente ningún diario español publicaría este texto tal cual está aquí. En cualquier caso, espero que lo disfruten.

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San Cristóbal de las Casas, 1 de mayo de 2010.

Un mural con los retratos en armas del ‘subcomandante’ Marcos y ‘Che’ Guevara, tipo Irlanda del Norte, decora la caseta de cobro número 1 de los zapatistas a la entrada de las Cascadas de Agua Azul, en Chiapas. Esta bella reserva de la biosfera, a 140 kilómetros al noreste de San Cristóbal de las Casas, es una de las más populares del estado por el turquesa de sus aguas y un entorno vegetal de película. La tarifa de los rebeldes cobran a los turistas es de diez pesos por persona (60 céntimos de euro). En tres meses han recaudado 300.000 pesos, unos 18.000 euros, que les sirven para financiar actividades como la asamblea del pasado jueves, para votar la renovación del Consejo de Vigilantes del ejido San Sebastián Bachacón. Un auténtico ejercicio de democracia directa donde los aldeanos y sus dirigentes se comunican sin mediación alguna.

La caseta de cobro ilustra perfectamente la guerra de baja intensidad que el gobierno mexicano y los insurgentes de Chiapas vienen librando hace dieciséis años. La caseta due declarada ilegal -lo sigue siendo- por las autoridades estatales, y fue tomada por el ejército. Poco después, hace cosa de dos meses, fue recuperada por los zapatistas en otra acción armada. Estos afirman que el “mal gobierno” no cumple con los acuerdos de San Andrés (1996), en los cuales el ejecutivo de Ernesto Cedillo reconoció autonomía y derechos para las minorías indígenas. Porque es en torno al indígena en donde pivota el trasfondo de un conflicto que se remonta en la historia, en un estado donde se hablan más de 50 idiomas diferentes al español.

Pero al contrario de ETA en España, el Ejército Zapatista ha preferido la política a la lucha armada. Es por ello que en 2006, las milicias del subcomandante Marcos decidieron que las aldeas zapatistas se gestionaran de manera asamblearia, pues la tutela militar no puede generar una democracia, según se afirma en el Sexto Comunicado de la Selva Lacandona. Ese mismo año comenzaron a crearse las “Juntas de Buen Gobierno” para organizar asambleas como la del pasado jueves sobre el ejido San Sebastián Bachacón, en Sac’Jun, un pueblo cerca de la reserva de Agua Azul y que cuenta con cerca de 8.000 habitantes.

Domingo, secretario de la organización zapatista Adeherentes a la Otra Campaña, fue el cerebro de todo lo que aconteció. Así a secas, Domingo, pues los zapatistas tienen la costumbre de llamarse por su nombre, precedido del adjetivo compa o compañero. Aunque nuestro destino estaba a unos pocos kilómetros, la furgoneta tipo ranchera iba parándose a cada momento en la carretera para recoger a los asistentes a la reunión. Detrás estaba atestado de personas, delante íbamos tres, y mientras avanzábamos por el camino de tierra, el compañero me explicaba el sistema de gobierno que siguen en estos poblados y comentaba la falta de compromiso y el hostigamiento que el gobierno federal ha demostrado hacia su causa. Lo hacía enfundado con una gorra roja del ‘Che’ Guevara, pero sin extremismos y con un habla pausada, típico de los habitantes de esta parte de México.

En la asamblea de trataba de ratificar al nuevo Consejo de Vigilancia, propuesto en una reunión anterior. La asamblea se convocó en la plaza del pueblo, una cancha de baloncesto rodeada por abarrotes -tiendas de ultramarinos-, el centro educativo de la aldea y varias casas. Algunas propiedades aún muestran pintadas de las últimas elecciones del estado, con los candidatos tachados con una cruz negra. Y es que los zapatistas no reconocen autoridad alguna más allá de sus propias instituciones, paralelas al estado mexicano.

A los principales propietarios, en primera línea ante la caseta de la organización, se les podía identificar por llevar sombrero nuevo y reloj de acero en su muñeca izquierda. Las mujeres, con trajes tradicionales y los niños, escuchaban a unas decenas de metros, a la sombra de los árboles. Todo el pueblo estaba presente.

Domingo apuraba su libreta como acta de asistencia y orden del día apuntaba y contabilizaba a mano alzada a los presentes de cada comunidad. Me presentó como “observador” extranjero y hube de improvisar unas palabras de agradecimiento. Creo que no lo hice del todo mal, pero tuve la impresión de que pocos me entendieron. No hay que olvidar que estamos en la Chiapas profunda, donde muy pocas veces llega un occidental de piel clara, al margen de las propias redes de apoyo a los zapatistas en nuestro país.

Lo más interesante llegó con las preguntas por parte de los campesinos que estaban en primera línea. En cierto modo, para los que estamos acostumbrados al modelo representativo que impera en nuestros países, impresiona ver en acción este modelo de democracia cara a cara, donde los funcionarios tiene que justificar su actividad ante sus pares. Hubo varias intervenciones, momentos de cierta tensión y risas. Se efectuaron varias votaciones más a mano alzada, se informó de los 300.000 pesos obtenidos en la caseta de cobro y se anunció una marcha a México DF por la liberación de los “presos políticos”. Todo conluyó de manera cordial con un almuerzo en la casa de uno de los miembros del consejo, donde conocí a un compañero que prefirió no hacer público su nombre y que participó en la reciente toma de la caseta de cobro. Mientras tanto, las mujeres terminaban de servir en las mesas un exquisito caldo de pollo con tortas de maíz recién hecho, y los niños y los polluelos correteaban por todas las habitaciones de la casa.