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Cartagena de Indias se olvida de ‘Gabo’

17/08/2010

Foto de Daniel Mordzinski para El País.

Cartagena de Indias, Colombia, 17 de agosto de 2010.

Solo hacía unas semanas que había terminado de leer El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez, así que nada más llegar a esta ciudad fui a la búsqueda de los personajes que me habían acompañado estos últimos meses: Florentino Ariza, Fermina Daza y el doctor Juvenal Urbino entre otros.

Busqué la Cartagena que se describe en el libro, me senté a esperar en un escalón del parquecito de los Evangelios, por si de casualidad pasaban por ahí. Crucé la Calle de las Ventanas y anduve bajo el Portal de los Escribanos. Fui a desembocar en la plaza del Libertador, frente a la Catedral. Ya sin aliento fui a refrescarme en la bahía de las Ánimas, con mi cabeza confundida por el calor sofocante del Caribe.

Pasaron los días y no daba con ellos, pero estaba seguro al menos de que el Nobel de Literatura contaría con una calle en su honor, si no con un pedestal en plena Ciudad Amurallada que sostuviera una inmensa estatua de bronce como tributo a uno de los más grandes escritores en lengua española de todos los tiempos. De nuevo, la decepción. Me encontré que no había alusión alguna. Nada.

Me acordé de mi amigo Nacho, el bonaerense que conocí en la frontera de México con Guatemala que conservaba intacta su capacidad de asombro ante el mundo y solía decir, juntando los dedos hacia arriba y moviéndolos adelante y atrás, con marcado acento porteño, “¡Es una cosa de looocos!”.

La explicación llega al fin cuando empiezan las preguntas. Ellos, los cartageneros, ponen caras extrañas, se encogen de hombros, no responden, y entonces se entiende todo. Sencillamente no es un tema de debate en esta ciudad, la misma a la que ‘Gabo’ situó, a través de su realismo mágico, en la imaginación colectiva del mundo.

La importancia que el Caribe y Cartagena tienen para el escritor colombiano no es algo que yo me invente. Cuando García Márquez fue reconocido con el Nobel, puso como condición para recogerlo que le dejaran vestir guayabera, la camisa tradicional de aquí. Más recientemente, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano decidió que, al tener como presidente honorífico al propio ‘Gabo’, debía tener su sede en Cartagena de Indias.

Muchas cosas han cambiado en los últimos años en la Ciudad Amurallada, la zona más visitada de la ciudad y donde se desarrollan las historias del escritor colombiano. Algunas de ellas son el aumento de la seguridad al tiempo que un incremento exorbitado del precio del metro cuadrado. Lo que no ha cambiado es el olvido, voluntario o no, de una figura innegable como García Márquez.

Una de las explicaciones me la dio Jorge Quintero, que trabaja aquí para el periódico El Tiempo, de Bogotá. “García Márquez no ha sido nunca una figura popular en Cartagena. Aparte de tener un carácter muy fuerte, ha hecho cosas que no han sido bien vistas. Por ejemplo, en su pueblo natal de Aracataca derruyó la casa familiar, la casa de toda la vida, para construirse una mansión nueva”.

Ankar Brito es de Barranquilla, y me dice que éste es un caso especial de Cartagena, porque en Barranquilla sí se valora al Nobel colombiano. “En Barranquilla la gente lee más, tiene una formación mayor, se puede decir. La mayoría ha leído a García Márquez y la gente le admira. De hecho en el Museo del Caribe de allá, la sala de García Márquez es la más visitada”.

Tampoco sería justo decir que toda Cartagena ignora al escritor. Algunos como el escritor local John Jairo Junieles, que ha colaborado en alguna ocasión con el Ayuntamiento, cuenta que propuso un recorrido por la Ciudad Amurallada bajo el nombre de “La Cartagena de García Márquez”. Y cuenta que tomaron nota de la idea, el problema es que jamás la pusieron en práctica.

La noche que sobreviví a una tormenta en el mar Caribe

22/04/2010

Cuando vi al patrón de la lancha santiguándose, comprendí que estábamos en un aprieto. Navegábamos de vuelta a Punta Allen (Yucatán) desde Isla Culebra, a una media hora en lancha. Yo veía a Mariano de frente, exprimiendo los 60 caballos del motor Yamaha, en pie y frente a una lluvia que golpeaba con tremenda fuerza. Arturo, su hermano pequeño, me había invitado a pescar esa noche con ellos. Estaba a mi derecha temblando de frío, agazapado, compartiendo conmigo el inútil impermeable amarillo.  Mariano, con su mano negruzca de pescador, se tapaba un costado de la cara, no sé si por protegerse del agua o para evitar el fogonazo de los rayos que escupían las nubes e impactaban apenas a unos cientos de metros.

Todo había comenzado un día antes a 35 kilómetros, en Tulum. Tomaba una furgoneta 4×4 que llega hasta Punta Allen, un pueblo pesquero de 500 habitantes que se va adaptando a la llegada de turistas que visitan Sian Ka’an, Reserva de la Biosfera reconocida por la Unesco. Había llovido el día anterior y la carretera de tierra aparecía llena de lodo.

Arturo, 18 años, guía de turistas y nacido en la misma Punta Allen, iba en el asiento delantero, después de dejar a su esposa e hijo en Tulum con el dentista. Yo le preguntaba sobre precios y horarios de las visitas. Al llegar al pueblo me buscó un alojamiento económico en las cabañas que alquilaba un chico de Las Vegas.  Compramos la cena y me llevó a casa de su hermano Mariano para cenar con este, su mujer y cuatro chiquillos. Me dijo que el día siguiente podríamos ir a pescar.

Pasé el día en la playa, abriendo cocos (esta vez sí). A la tarde Arturo me comentó que esa noche iban a pasarla pescando en Isla Culebra, una zona preciosa de manglares donde anidan pelícanos y fragatas de extraordinario tamaño. Aunque me iba al día siguiente, era una de esas oportunidades que rara vez se le presentan a un turista, así que acepté.

Anochecía en Isla Culebra mientras trataba de sacar fotos sin mucho éxito, dada la escasez de luz. Vi un rayo a lo lejos y se lo comenté a Mariano, pero no hizo mucho caso. Parecía estar más concentrado en la pesca. Como siempre pasa, la tormenta vino hacia nosotros, y los relámpagos iluminaban cada vez una porción más grande del cielo. “Esto me está dando mala espina”, dijo el patrón. “Podemos seguir la pesca en la Laguna Negra”, cerca del embarcadero. Caían unos rayos inmensos a algunos kilómetros, en mar abierto. Bajaban del cielo como una flecha, como un martillo, blancos implacables y rectos. Y nosotros nos dirigíamos hacia allí.

Mariano me indicó que me pusiera de espaldas al sentido de la marcha, enfundado con el chaleco de marinero. Comenzamos el viaje de vuelta mientras yo miraba de reojo el lugar hacia donde nos dirigíamos. Se empezaron a escuchar los truenos, y una lluvia escandalosamente abundate y recia nos bañó por completo.

Ya cerca de la costa, un rayo de los mencionados cayó demasiado cerca y nos dejó ciegos por dos segundos. Ahí fue cuando Mariano se santiguó. Transmitía seguridad, al menos toda la que se puede en un momento así, postrado como una estatua romana en la popa y sujetando con fuerza el motor. Dos cosas se me pasaron por la cabeza entoces. Una, que podíamos caer fulminados ahí mismo, pues navegar en medio de una tormenta eléctrica es peligrosísimo. La otra, no haber podido sacar una foto a esos rayos monstruosos, enormes como nunca antes había visto.