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“¿Qué significa que me van a clavar?”

23/05/2010

“La paz no es solamente la ausencia de la guerra. Mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión, difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz.”

Rigoberta Menchú.

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Livingston, Guatemala. 23 de mayo de 2010.

Escuché a la chica llorando desde el camino de tierra, después de haber sellado mi pasaporte en la pequeña aduana del pueblo de Bethel, Guatemala. Yo sabía, por el Ministerio de Exteriores, que algunos funcionarios guatemaltecos solían pedir pequeñas cantidades en concepto de “gastos de gestión”, desaconsejando el pago. Aaamigo. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. En este caso fueron 5 dólares sin factura a la vista. Le hice al policía saber que yo sabía, pero me ofreció una “entrevista” con el superior. El mismo que sustituyó al anterior meses atrás por un escándalo en la prensa.  Fue por este asunto de los cobros de comisiones. Pero eso lo supe un poco más tarde.

Así que desistí, acompañado de una joven pareja de Buenos Aires, Nacho y Casandra (arriba, en la foto), y rodeado por dos tiparracos -el adjetivo se justifica más adelante- vestidos de policía. Estábamos en medio de una solitaria y empolvada aldea donde su autoridad y su pistola parecían la única ley. El funcionario se puso tenso, me cortaba las frases, pero no llegó a más porque pagué. Se despidió con un tierno “que disfrute de nuestro país”.

Estaba tratando de creer esas palabras cuando sentí bulla a lo lejos. Casandra lloraba mientras Nacho gesticulaba indignado. Bajé la guagua y fui de nuevo a la oficina para preguntarle a la pareja si podía ayudarles en algo. “¡Dicen que le he pegado a un policía!, me dijo Nacho casi fuera de sí. “¡Que me van a detener y me van a clavar! ¿Qué significa eso? ¿Qué significa que me van a clavar?”, decía en voz alta ante un público estupefacto. La pregunta me la hacía a mí, pero creo que también iba para ustedes. Se dirigía en realidad a todo aquel que pudiera responderle: el policía asustado, el chófer y el cobrador de la guagua, impacientes, la novia desesperada, el tendero de un puesto cercano, los pasajeros, el pueblo dormido en el sopor del mediodía, los amigos de Argentina, la Declaración Universal de Derechos Humanos, Latinoamérica entera.

Horas después, ya en carretera pavimentada, Nacho me explicó que solo pidió una factura al funcionario y a éste le entró el nerviosismo. Así que el agente se inventó lo de la agresión para amedrentarlo, acusándolo  -sí, acusándolo- de tener ropas y aspecto de hippie. Yo creo a mi amigo. Nadie en esta parte del país se hubiera atrevido a agredir a semejantes elementos armados. Continuamos charlando por un rato y coincidió que los tres íbamos hacia el mismo lugar, el lago Petén Itzá, y ahora Livingston, en la costa caribe.

No hay que engañarse. Esto es Centroamérica, una tierra con un pasado terrible. Aquí por ejemplo, en Guatemala, se firmó la paz hace solo 14 años, después de 36 de guerra civil entre la guerrilla y el Ejército. No es raro que te cuenten historias a poco que uno sepa escuchar. Como cuando los guerrilleros tomaron la carretera de la refinería estatal, al noreste del país, y obligaban a los chóferes a derramar el combustible en la carretera. Como cuando esos mismos se hicieron con las ruinas de Tikal, la mayor ciudad maya excavada, y llevaron a sus trabajadores a un mitin político. Como cuando el Ejército pasaba por las fincas para exigir a los agricultores víveres para abastecerse. Los tres casos contados por gente de acá, en conversaciones informales. Eso sin contar los paramilitares, las matanzas, las desapariciones. Y así en Nicaragua, Honduras, El Salvador… Toda esa violencia no desaparece cuando unos tipos firman un papel y se dan la mano, sino que perdura durantes generaciones. Por eso no debe extrañar que la táctica del miedo sea todavía habitual entre la policía. Y da igual que seas turista, europeo, rastafari o hippie.

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