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Los nuevos lacandones prefieren el pelo corto

18/05/2010

“Todos los seres vivientes estamos relacionados, amarrados de la misma raíz. Cuando Hachakium hizo las estrellas, las hizo de arena y de piedras y las sembró. Las raíces de cada estrella son las raíces de un árbol. Cuando se cae un árbol, una estrella cae del cielo.”

Chakin viejo, sabio lacandón

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Frontera Corozal, Chiapas, 17 de mayo de 2010.

Sus antepasados habitaron durante siglos las selvas del sur de México y el norte de Guatemala. En la colonia, a finales del XVIII, se intentó sin demasiado éxito  cristianizarlos y llevarlos a las aldeas, lejos de la vida salvaje. Actualmente solo se encuentran en un poblado y dos pequeñas comunidades de la Selva Lacandona, en la frontera de Chiapas con Guatemala. Su población no supera los 800 habitantes, según sus mejores cálculos. La llegada de la modernidad trajo automóviles y electricidad a sus hogares, pero también nuevos retos para su ancestral modo de vida. Los más jóvenes ya no lucen a la manera tradicional, con túnica blanca y cabello largo, y han olvidado el culto a la naturaleza. Las nuevas generaciones de lacandones parecen haber crecido con las facilidades materiales que no tuvieron sus padres y con otras expectativas de vida, gracias al dinero fácil del turismo. Se cortan el pelo con frecuencia, se desplazan en grupos de motos y lucen gafas de sol, imitando el ‘look’ de los cantantes de reggeaton que escuchan en sus teléfonos móviles.

Estamos en Lacanha Chan Sayab, muy cerca de la antigua ciudad maya de Bonampak, en plena selva Lacandona. Los servicios de hospedaje, restauración y guías son ofrecidos por los propios lacandones, organizados en dos cooperativas. Los precios son bajos para un europeo pero también para un mexicano -4’50 euros la noche por una cabaña doble-, por lo que nunca dejan de llegar grupos organizados incluso ahora, en temporada baja.

Pero no siempre fue así. Lacanha tiene un pasado de un siglo exacto. José Chambor, Pancho Villa Bor y Cayum Laguna fundaron el poblado en 1910. Eso justifica que casi todos sus habitantes sean parientes más o menos cercanos, organizados en clanes familiares. Las primeras casas de paredes y techos vegetales evolucionaron hacia las actuales cabañas de madera, protegidas con techos de cinc. Se dedicaban a la agricultura y la cacería, al menos hasta que la Lacandona fue reconocida por la Unesco como parte de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, en 1978.

Chambor Chaan Ayón es guía de las ruinas mayas de Bonampak y pertenece a una generación anterior de los adolescentes lacandones de hoy. Se opone a la pérdida de las tradiciones de su pueblo hasta el punto de no tener nombre en español, como es habitual entre sus vecinos. Él sí lleva el pelo largo y viste la túnica blanca, como sus mayores. Asegura que no profesa ninguna religión -algo inusual en esta parte del país-, pero se muestra indignado con los que critican la de sus antepasados. “Antes teníamos los dioses -y los enumera- de la religión de mis abuelos. Todo ellos tenían que ver con la naturaleza, representaban aspectos de la naturaleza. Ahora en las iglesias enseñan que eso es obra del demonio”, se queja.

Chaan Ayón también arremete contra otras etnias vecinas de Chiapas, mucho más numerosas en población y que según él intentan arrinconarlos y echarlos de la selva. “Nos quieren invadir. Pero nosotros somos lacandones y siempre hemos vivido aquí”, asegura con orgullo de raza.

Un caso muy particular en Lacanha es Mario Chambor, porque trabaja de actor en una compañía de teatro nacional. Lo encuentro en el taxi de camino al cruce con la carretera federal. Ronda la treintena y se encuentra de vacaciones en su aldea natal. Cuando vuelva, seguirá de gira por México representando una obra sobre la historia de los mayas. Su situación es la del joven que vive entre dos mundos, tradición y civilización. Luce una larga melena suelta, muy oscura, que resalta de fondo en su redonda cara, y se declara amante de su pueblo. Me cuenta que se dirige a Nueva Palestina, una población cercana, a consultar su correo electrónico, porque en Lacanhá no tiene acceso.

Miguel Chambor, en la foto a mi izquierda, trabaja como guardia forestal en el idílico paraje de la Cascada de las Golondrinas, a 20 minutos caminando desde el poblado hacia el interior de la selva. Recuerda cómo, de pequeño, él y su familia pescaban los pequeños peces del río para comer. El alimento y el agua nunca fueron un problema aquí, tampoco encontrar exquisitas frutas tropicales. Con un carácter abierto y expresivo hacia el turista, no siempre habitual entre los lacandones, asegura que está encantado con las visitas siempre que le hagan caso. “No como hace un año, con una familia de México DF que se perdió en la selva. Yo me fui a buscarlos pero no los encontré hasta la mañana siguiente. Llegaron empapados porque llovió mucho esa noche. Aquello fue pura picada de mosquito, zancudos… Pero me dijeron: ‘Miguel, no es culpa tuya, tú nos dijiste que no fuéramos solos’. Yo les dije” , me cuenta al borde del río en su español con marcado acento indígena.

La modernidad ha supuesto para Miguel, desde hace un año, la llegada de la televisión, que aquí solo llega vía satélite. Eso y el acceso a la web y el correo electrónico son las dos novedades que ahora conectan a esta pequeña etnia con el mundo exterior. “Anoche estaba viendo las noticias, ¡puro viento en Estados Unidos, puros ciclones que vienen ahora!”, me explica girando su mano derecha en remolino. “¿Tienes internet, verdad?”, me pregunta. Le contesto que me conecto cada vez que puedo. “¡Tienes que verlo cuando te metas en internet, tienes que verlo!”

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