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Desmantelan La Provincia

05/09/2010

Puede que algún día, en un futuro lejano, logremos crear unas sociedades tan perfectas, tan justas y con unos gobernantes tan virtuosos que ya no sea necesario el control público del gobierno. Puede que entonces ya no hagan falta todos esos mecanismos que tratan de asegurar el buen empleo del dinero de los ciudadanos, y que pretenden  evitar el fraude, los favores políticos, el clientelismo, la corrupción. Puede que volvamos a nuestros orígenes políticos donde regía el buen gobierno, el gobierno de la comunidad. Puede que entonces ya no sean necesarios los periódicos ni los periodistas. Puede que todo eso ocurra un día, pero ninguno de nosotros lo veremos. Una prensa libre, honesta y agresiva sigue siendo hoy una necesidad de primer orden.

Les quiero hablar de un periódico pequeño, modesto, pero con larga historia en Las Palmas de Gran Canaria, mi ciudad. Se llama La Provincia, o La Provincia/DLP, después de su fusión con el vespertino Diario de Las Palmas. Allí respiré por primera vez el ambiente de una redacción, cuando todavía era permitido fumar. Allí su director Ángel Tristán me ofreció mi primer empleo, muy bien remunerado por cierto, y dos años después abandoné voluntariamente el diario, dejando magníficos compañeros. Hablo de Pepe Naranjo, de Marisol Ayala,  de Pedro García, de Pablo Checa, de Quique del Rosario, de Mónica Perdomo, de Pepe Aguilar, de Juan Pedro Borrego. Todos ellos buenos profesionales que se marcharon en los últimos tiempos: los invitaron a irse, los menospreciaron, los echaron.

Ningún caso es igual y en cada uno hay una historia, pero atisbo un denominador común que planea en torno a todos ellos: la salida de periodistas veteranos, con mucho que aportar, que saben de lo que va este oficio y conocían el diario por dentro y por fuera, que tenían la valiosa confianza de sus fuentes, gracias a un trabajo prolongado, serio y honesto. Ahora su lugar ha quedado vacío, condenando a la publicación a un estado de anorexia enfermiza.

Recuerdo el silencio de cementerio que reinaba la última vez que estuve por La Provincia, las navidades pasadas. Me imagino la situación de Manolo Borrego, encargado de Deportes y unos de los jefes más lúcidos que he conocido, al que le han esquilmado el 80% de su gente. El último su hermano, Juan Pedro, veterano de la sección y especialista en resolver imprevistos: alguien a quien cualquiera querría tener de compañero. Me pongo el pellejo de los que salen ahora de vacaciones, temiendo que a la vuelta ellos pueden ser los siguientes.

Lo único positivo es que no todos se fueron. Quedan Cira Morote, Juanjo Jiménez, Antonio González, Teresa García, Carmen Santana, Raúl Gil, Carlos Domínguez, Miguel F. Ayala, Elisa Ardoy, que siguen en sus puestos a pesar de este desmantelamiento obsceno de la redacción. Periodistas que solo quieren hacer bien su trabajo y no se dejan amedrentar por elementos tóxicos, tipos de mentalidad obtusa, obcecados en ganar el favor de los jefes y manejar su miserable cuota de poder dentro de la empresa.

Ellos son los únicos que pueden reflotar lo que en otro tiempo fue un diario pujante y decidido, y devolverle algo de su dignidad, para que las nuevas generaciones y los veteranos de siempre puedan volver a sentir el orgullo de haber caminado por esos pasillos, como yo lo siento.

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