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El silbato de Chichicastenango

21/06/2010

Totonicapán, Guatemala, 21 de junio de 2010.

Los periodistas tendemos a hacer sociología a partir de la anécdota con demasiada frecuencia. Si vemos un discusión entre personas de distinta etnia, enseguida establecemos un conflicto racial en las calles de nuestro barrio. Si nos mandan hacer una nota sobre las personas que comen de las basuras, dramatizamos y alertamos de una próxima catástrofe humanitaria. No digamos cuando se nos ocurre una gran idea. Entonces nuestra obra se eleva al nivel de tratado filosófico. Podemos cambiar pero, como decía el personaje de Astérix, eso no va a pasar mañana.

Lo digo como aviso, porque voy a contar una de esas historias que pienso que representan una realidad más amplia. Historias aparentemente simples, pero que enganchan sutilmente con los temas clave de una sociedad.

En Chichicastenango, Guatemala, hay un silbato. Mejor dicho, hay cientos de ellos, pero todos del mismo tipo. Uno por familia, al menos, como el que muestra una vecina del pueblo. No es tradición. Fue implantado por los vecinos hace pocos años para enfrentar dos problemas que amenazaban la paz del lugar: la llegada de la delincuencia y la ineficacia policial.

Chichicastenango -Chichi, como se le conoce- es una pequeña aldea de mayoría indígena ubicada en el altiplano guatemalteco, a 2.000 metros de altitud. Está al oeste de la capital, Ciudad de Guatemala, y posee el mercado de artesanías más famoso del país. Hasta aquí llegan miles de personas para realizar sus compras, y celebrar ritos paganos en las montañas de alrededor.

Pocos en este pueblo oyeron hablar del asesinato de John F. Kennedy, ni han escuchado Hey Jude, de los Beatles. Algunos creen que hay una carretera que lleva a Europa, y otros desconocen que el idioma español viene de España. Pero hasta el momento han logrado resistir la criminalidad que asola la capital, los turistas caminan tranquilos por las calles de adoquines y los hombres alcoholizados apenas molestan a los viandantes. Y esto, en gran medida, gracias al silbato.

Todo empezó hace un par de años, con un programa del Gobierno llamado Mi Familia Progresa. Funcionarios de la capital llegaron a pueblos como Chichi para trabajar en el proyecto, que incluía ofertas de trabajo y ayudas económicas a las familias más pobres. Una noche se escucharon disparos en una carretera de acceso del pueblo. Eran los funcionarios del programa gubernamental, borrachos y disparando al aire. Entonces ya existía un sistema de patrullas vecinales, y se avisaron por sectores. En poco tiempo se arremolinó una muchedumbre en torno a los alborotadores. Los desarmaron, les dejaron en ropa interior y les ataron a varios postes de la luz durante toda la noche, como castigo.

Los sucesos continuaron. Meses más tarde, fueron identificados dos ladrones. La policía era incapaz de sorprenderlos, y los ánimos se caldeaban en torno a la autoridad indígena del pueblo. Una noche, los ladrones violaron supuestamente a una niña. Los vecinos no tardaron en movilizarse. Fueron a buscarlos a su casa de las afueras de la aldea, los capturaron, los arrastraron por los adoquines con un coche y los quemaron. Una patrulla policial trató de parar la matanza, y como resultado un vehículo de la policía resultó igualmente carbonizado.

Eric es propietario del Hotel Tutto, en Chichi, que heredó de sus padres. Ronda los 40 años, y ha pasado la mayorìa de su vida en la capital, donde siempre va armado. “Aquí no hace falta”, comenta, y reconoce que se debe en parte a la ferrea ley que impera en el pueblo. El día que capturaron a los ladrones recuerda cómo se escuchaban los alaridos de dolor desde la calle. “Vivían en el valle, debajo de mi hotel. Yo ni lo sabía”.

Otro caso muy sonado en el país fue el de un turista japonés. Los hechos no quedaron claros, pero la versión habitual es que el turista invitó a subir a un niño a un vehículo para tomarle unas fotos. Algunos que vieron la escena desde la acera lo  interpretaron como un secuestro, y fueron a por él. El turista y el chófer fueron asesinados. El primero por presunto rapto, el segundo por tratar de defenderlo.

Uno de los castigos en esta región, quizá el más popular, es el castigo maya. El condenado se sitúa de rodillas en el suelo, en ropa interior, y se le azota con un cable largo o un chicote, una especie de látigo de cuero. A veces sobreviven, a veces no. Si el castigado es del pueblo, el verdugo es el padre. Si no, el alcalde auxiliar o cualquiera que se preste voluntario: nunca faltan.

Álex es un joven sacerdote indìgena de Chichi. Narra los hechos con la impresión del recuerdo todavía en la retina. No critica abiertamente los castigos, pero se intuye que no está del todo de acuerdo. Lo que sí ataca es el exceso de conservadurismo de sus vecinos. “Sobre todo las cofradías y la alcaldía. Yo no estoy de acuerdo con ellos porque son muy cerrados con el extranjero. Y eso no da buena imagen del pueblo” comenta. Álex es partidario de permitir el acceso a ciertos turistas a sus rituales no cristianos, por lo que se ubica entre los más progresistas entre los indígenas de su zona.

Pedro, trabajador de la filial de Unión Fenosa en Guatemala, recuerda un castigo de esa clase en Huehuetenago, cerca de Chichi. Fue hace 3 o 4 años, recuerda. “Los indígenas son muy buena gente, si tienes un problema te ayudan”, comenta. “Pero no vayas a meterte en problemas con ellos”.