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La noche que sobreviví a una tormenta en el mar Caribe

22/04/2010

Cuando vi al patrón de la lancha santiguándose, comprendí que estábamos en un aprieto. Navegábamos de vuelta a Punta Allen (Yucatán) desde Isla Culebra, a una media hora en lancha. Yo veía a Mariano de frente, exprimiendo los 60 caballos del motor Yamaha, en pie y frente a una lluvia que golpeaba con tremenda fuerza. Arturo, su hermano pequeño, me había invitado a pescar esa noche con ellos. Estaba a mi derecha temblando de frío, agazapado, compartiendo conmigo el inútil impermeable amarillo.  Mariano, con su mano negruzca de pescador, se tapaba un costado de la cara, no sé si por protegerse del agua o para evitar el fogonazo de los rayos que escupían las nubes e impactaban apenas a unos cientos de metros.

Todo había comenzado un día antes a 35 kilómetros, en Tulum. Tomaba una furgoneta 4×4 que llega hasta Punta Allen, un pueblo pesquero de 500 habitantes que se va adaptando a la llegada de turistas que visitan Sian Ka’an, Reserva de la Biosfera reconocida por la Unesco. Había llovido el día anterior y la carretera de tierra aparecía llena de lodo.

Arturo, 18 años, guía de turistas y nacido en la misma Punta Allen, iba en el asiento delantero, después de dejar a su esposa e hijo en Tulum con el dentista. Yo le preguntaba sobre precios y horarios de las visitas. Al llegar al pueblo me buscó un alojamiento económico en las cabañas que alquilaba un chico de Las Vegas.  Compramos la cena y me llevó a casa de su hermano Mariano para cenar con este, su mujer y cuatro chiquillos. Me dijo que el día siguiente podríamos ir a pescar.

Pasé el día en la playa, abriendo cocos (esta vez sí). A la tarde Arturo me comentó que esa noche iban a pasarla pescando en Isla Culebra, una zona preciosa de manglares donde anidan pelícanos y fragatas de extraordinario tamaño. Aunque me iba al día siguiente, era una de esas oportunidades que rara vez se le presentan a un turista, así que acepté.

Anochecía en Isla Culebra mientras trataba de sacar fotos sin mucho éxito, dada la escasez de luz. Vi un rayo a lo lejos y se lo comenté a Mariano, pero no hizo mucho caso. Parecía estar más concentrado en la pesca. Como siempre pasa, la tormenta vino hacia nosotros, y los relámpagos iluminaban cada vez una porción más grande del cielo. “Esto me está dando mala espina”, dijo el patrón. “Podemos seguir la pesca en la Laguna Negra”, cerca del embarcadero. Caían unos rayos inmensos a algunos kilómetros, en mar abierto. Bajaban del cielo como una flecha, como un martillo, blancos implacables y rectos. Y nosotros nos dirigíamos hacia allí.

Mariano me indicó que me pusiera de espaldas al sentido de la marcha, enfundado con el chaleco de marinero. Comenzamos el viaje de vuelta mientras yo miraba de reojo el lugar hacia donde nos dirigíamos. Se empezaron a escuchar los truenos, y una lluvia escandalosamente abundate y recia nos bañó por completo.

Ya cerca de la costa, un rayo de los mencionados cayó demasiado cerca y nos dejó ciegos por dos segundos. Ahí fue cuando Mariano se santiguó. Transmitía seguridad, al menos toda la que se puede en un momento así, postrado como una estatua romana en la popa y sujetando con fuerza el motor. Dos cosas se me pasaron por la cabeza entoces. Una, que podíamos caer fulminados ahí mismo, pues navegar en medio de una tormenta eléctrica es peligrosísimo. La otra, no haber podido sacar una foto a esos rayos monstruosos, enormes como nunca antes había visto.