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‘The Big Daddy’

26/04/2010

Se hace llamar The Big Daddy o simplemente El Papasito, y ahí lo tienen en todo su esplendor. Está a la izquierda junto a su ayudante del taller de zapatos. Nació en la ciudad costera de Veracruz, aunque reside en Tulum (sur de Yucatán) y su nombre verdadero es Roberto Carlos.  “Como esos dos putitos”, dice con una risa que le hace temblar toda la panza. Se refiere al cantante brasileño y al ex futbolista del Real Madrid.

Roberto pertenece al grupo de Alcohólicos Anónimos de este pueblo y es también el zapatero de referencia. Esta asociación no solo acoge aquí personas propensas a la bebida, sino a cualquiera que necesite orientación para la vida. “Aquí hay pobreza y problemas familiares, y muchos para evadirse se dan al alcohol, las drogas y el delito”, explica Gabriel, otro de los integrantes de esta asociación en Tulum.

En pasado de Roberto está marcado por actividades de narcotráfico en México y España. “Conozco bien España, allí estuve en el negocio del hachís llevando droga desde Marruecos al País Vasco con unos contactos colombianos y filipinos”, explica. A continuación muestra un pequeño repertorio del humorista Chiquito de la Calzada, de moda en los años en que andaba por nuestro país.

“La policía -continúa- me agarró con el hachís y una identidad falsa pero mi madre, que tiene buenas conexiones con personas de la iglesia, hizo que ellos intermediaran y me trajeran de vuelta. Menos mal, porque los filipinos ya me querían atrapar para hacerles pagar por la droga”.

Cuando deja a un lado su historia, Roberto pasa comentar otro asunto intrascendente con su ayudante, pregunta a una vecina de la chabola de al lado sobre una factura de luz demasiado alta que le acaba de llegar, a ver si su marido puede hacer algo, que para algo trabaja en la compañía de electricidad. Se queja con otro paisano de los precios demasiado bajos del gremio de zapateros y se le van los ojos cuando pasan ante su taller unas muchachitas con falda y polo blanco que salen a esa hora del instituto.

Su mayor espezanza es el aeropuerto que está proyectado para la región y que llevaría más turistas a a una zona célebre por las ciudades mayas de Tulum, Cobá y Calakmul, pero eclipsada todavía por su vecina del norte, Cancún.

Al escribir estas líneas me encuentro ya en Chiapas, el estado más al sur del país y donde hay mayor cultura indígena. Empezaré por visitar las ruinas de Palenque y me acompañará un guía privado, el marido de la dependienta de mi albergue. Estuve hablando un buen rato con él y me vendió muy bien la moto.

Roberto también me comentó que tenía un ‘hermano’ en Chiapas que me podía poner en contacto con los zapatistas, el movimiento indígena liderado por el subcomandante Marcos que hace casi diez años organizó una marcha a México DF para exigir el reconocimiento de las minorías indígenas. Parece ser que siguen trabajando en sus comunidades y cuentan incluso con instituciones paralelas al estado mexicano.

Los problemas de hablar como un ‘sudaca’

19/04/2010

Acabo de llegar de intentar comprar unas cervezas en la carretera, en una bici sin frenos -se frenaba pedaleando al contrario, pero lo descubrí cuando ya aparcaba-, y he tenido que volver con una botella de agua.  Aquí en Tulum, ignoro si en el resto del país, tienen una norma: los comercios no dispensan alcohol a partir de las 14 horas del domingo. Dicen que es para que la gente no se emborrache y acuda el lunes a su puesto de trabajo. Lo curioso es que los bares sí están abiertos… Pero este no era el tema de mi entrada de hoy, ni creo que les importe que Tulum no venda alcohol en el día del Señor.

Hoy estuve visitando las ruinas mayas de este mismo pueblo del caribe mexicano con Bea y Roxana (en la imagen, de izq. a der.) dos chicas que conocí en  Cobá, otras ruinas mayas.  Roxana, 36 años,  es de Michoacán, a poco más de 200 km al oeste de la capital, México DF. Bea, 32,  es valenciana y ahora mismo no tiene residencia fija, pues trabaja como artesana y va y viene de España. Lleva tanto años aquí -más de diez- que sería imposible decir que fuera española por su habla. Utiliza con frecuencia las palabas “chido”, “órale”,  “güero” y “ándele”.

Lo que Bea no sabía son los problemas que iba a tener en una de sus estancias en Valencia. Llamaba por teléfono para alquilar un piso para ella y sus dos niños.

– Hola, llamaba por el anuncio, estoy interesada en ver su piso para alquilarlo por una temporada.

– Sí… ¿Tú no eres de aquí verdad?

– Sí, soy valencia pero llevo muchos años en México.  ¿Podría ir a ver el piso?

– Lo siento, pero solo alquilamos a españoles, gracias.

Esta sería la conversación entre Bea y los arrendatarios, según relata. “Sufrí el racismo en carne propia”, relata. Me cuenta con un gesto cómo le caían las lágrimas al colgar el teléfono, con sus hijos al lado, dejando caer sus manos desde los ojos hasta el suelo del apartamento donde están desayunando.

Como decía, hoy estuvimos en las ruinas mayas de Tulúm, una antigua ciudad junto al mar y realzada por la cercanía de una inmensa playa de arena blanca. Aquí dejo tres fotos.

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Cómo no se debe abrir un coco

17/04/2010

Todo empezó como empiezan estas cosas, con una prohibición. “Prohibido bajar cocos”, rezaba el cartel en el tronco del cocotero, de madera y pintado en letras rojas. Un impulso me hizo ir a por el árbol, pero antes busqué un coco en la arena. La playa de Tulum, típica de postal, aparecía con nubes aunque reinaba un calor saturado de humedad. Antes me había bañado para comprobar lo que tiempo atrás me comentó un cubano sobre las playas del Caribe. “Cuando no hace sol, se está mejor dentro del agua que fuera”. El agua estaba desde luego más buena que en Las Canteras, y yo mucho más a gusto que en la mayoría de la piscinas en las que he entrenado. Qué pena no poder jugar aquí un partido de waterpolo, pensé.

Yo creía que los cocos caían ya duros del árbol, como los compramos en el super. Obvio, ¿no?. Por eso, cuando ví un coco blando en la arena dije, esta es la mía, soy un hombre tocado por el destino. Busqué una herramienta para abrirlo, y encontré un trozo de plástico negro con forma de cargador de kaláshnikov y afilado por los extremos. Perfecto, pensé, y empecé a rasgar el coco. Una pareja pasó a unos diez metros, cerca de la orilla. Vi cómo me observaban, pero yo seguí a lo mío. Sentí que me tomaban una foto, y ahí sí que empecé a verme a mí mismo como un neandertal desesperado en busca de su alimento.

Al poco vi que la brecha del coco ya era grande como  para meter las dos manos y abrirlo de una vez. No pude. Pero dos o tres minutos más tarde, cedió.

La primera sorpresa es que estaba vacío, no tenía agua.  La segunda, que el verdadero coco estaba bajo ‘lo blando’. Vale. La tercera, la forma en que quedó la parte principal, cuya forma de casco mongol reproduzco en la imagen.

Hay dos buenas noticias. Laprimera es que el cielo por fin comienza a abrirse y a salir el sol. Mañana empezaré a visitar algunas ruinas mayas, empezando por las que están aquí cerca, en Tulum. La segunda, que saqué algunas fotos graciosas en la playa, como la de aquí abajo.

PD: al mediodía, durante el almuerzo junto a la carretera, estuve hablando con dos empleados que con su camión cisterna suministran el agua potable de esta zona. Teminamos hablando de las próximas elecciones de esta departamento, Quintana Roo. ¿A quién van a votar?, preguntó al lado un viejillo. ¡Al que menos dinero tenga!, contestó uno de ellos. Sabiduría popular.